¿Es el vino un cuento chino?
La bebida connota riqueza, prestigio y acapara la atención de los aficionados. Pero ¿cuánto de lo que admiran está solo en su cabeza?

Tu amigo más elegante te invita a cenar. Descorcha una botella de Chardonnay que cuesta más que tus últimas vacaciones y os sirve una copa a cada uno. Da un sorbo a la suya. «Ah», dice. «1973. Una excelente añada. Notas de aguacate, ginkgo y estroncio». No estás seguro de qué hacer. Murmuras algo sobre cómo puede uno realmente saborear el estroncio. Pero, por dentro, te preguntas: ¿es el vino una farsa?
Un ruidoso grupo de escépticos cree que podría serlo. El resumen más elocuente de su postura es el artículo de The Guardian «La cata de vinos: ciencia basura», que destaca varios experimentos preocupantes:
«En 2001, Frédérick Brochet, de la Universidad de Burdeos, pidió a 54 expertos en vino que probaran dos copas: una de tinto y otra de blanco. Utilizando el lenguaje típico de los catadores, el panel describió el tinto como «amermelado» y comentó sus notas de frutos rojos triturados. Los críticos no se dieron cuenta de que ambos vinos procedían de la misma botella. La única diferencia era que uno había sido teñido de rojo con un colorante sin sabor».
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