Lo que las plantas dicen de nosotros
¿Y si la inteligencia no reside en el cerebro, sino en la relación entre la vida y su entorno?

Nunca me interesaron las plantas de interior hasta que compré una por capricho. Era una planta del rezo: exuberante, frondosa, con manchas verdes y nervaduras de un rojo intenso. La noche en que la llevé a casa oí un crujido en mi habitación. ¿Se había colado algo? ¿Un ratón? Pasé tres noches en sobresalto hasta que entendí lo que ocurría: la planta se movía. Durante el día, sus hojas se abrían para captar la luz; por la noche, en cambio, trepaban unas sobre otras hasta tensarse, mientras los tallos se elevaban y las hojas se volvían verticales, como manos en oración. ¿Quién iba a decir que las plantas hacían cosas?, pensé, maravillada. De pronto, me parecieron mucho más interesantes.
Cuando llegó la pandemia, empecé a traer más a casa, solo para darle algo de vida al lugar; luego fueron más, y más todavía, hasta que la proporción entre plantas y superficies libres rozó lo absurdo. Abriéndome paso por el apartamento como si fuera la selva, me preocupaba si recibían suficiente agua –o demasiada–, si tenían la luz adecuada o, en el caso de una enorme planta carnívora de jarra que colgaba del techo, si le dejaba suficiente comida para peces en sus trampas. Pero lo que nunca se me ocurrió, ni una sola vez, fue preguntarme qué estaban pensando.
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