El regreso patriótico de Shostakóvich

El régimen soviético lo persiguió y censuró. Hoy, la Rusia en guerra reivindica al compositor como símbolo nacional

El regreso patriótico de Shostakóvich
Imagen coloreada de portada de la revista TIME en 1942. Imagen: archivo
Courrier International, Francia
Étienne Bouche

En Astracán, el Vals nº 2 y la Obertura festiva sonaban estos días en el transporte público, escribe el medio local A24. En Omsk, Samara, Perm y muchas otras ciudades del país, este otoño se organizan conciertos, exposiciones y proyecciones para conmemorar el 120º aniversario del nacimiento de Dmitri Shostakóvich, que vino al mundo en 1906 en San Petersburgo, entonces capital del Imperio ruso. En Gelendzhik, a orillas del mar Negro, una película de ficción dedicada al compositor inaugurará el festival de cine Mayak el sábado 3 de octubre, anuncia el diario Kommersant.

La prensa rusa rivaliza en elogios. Para el tabloide Argumenty i Fakty, Shostakóvich está «considerado, con razón, uno de los mayores compositores del siglo XX»; Moskovski Komsomolets lo presenta como «una auténtica estrella de la música soviética». Sin embargo, el entusiasmo por su figura no siempre fue unánime: «El poder soviético lo arrastró por el fango en más de una ocasión, pero, al reconocer su genio, acabó colmándolo de títulos y distinciones», recuerda el portal cultural de San Petersburgo Sobaka.

Stalin estaba entre el público

Shostakóvich vio cómo el régimen censuraba sus obras y, al mismo tiempo, lo instrumentalizaba como embajador cultural de la URSS en el extranjero. Casi todos los periódicos recuerdan un episodio decisivo: la representación de su ópera Lady Macbeth de Mtsensk el 26 de enero de 1936 en el Teatro Bolshói de Moscú.

El propio Stalin se encontraba entre el público y, al parecer, detestó el espectáculo. Dos días después, el periódico del Partido Comunista, Pravda, publicó un artículo demoledor: «Caos en lugar de música». Según la leyenda, lo habría escrito el propio dictador. Para Shostakóvich, el mensaje sonaba a advertencia.

«Pero, a finales de 1936, ya no se trataba solo de críticas en la prensa y cancelaciones de estrenos. La represión alcanzó al entorno de Shostakóvich», recuerda el diario Vedomosti. En Rusia, el eufemismo «represión» se emplea para aludir a las persecuciones perpetradas por el Estado: condenas, deportaciones y ejecuciones.

«El compositor fue perseguido», admite el tabloide Komsomólskaya Pravda. «A finales de los años treinta, esperaba que lo detuvieran: era amigo del mariscal Tujachevski, que fue ejecutado». Según su amigo, el crítico literario Isaak Glikman, en 1937 «el compositor pasó una noche vestido, con la maleta preparada, a la espera de su detención. No llegaron a detenerlo, pero es evidente que el miedo lo acompañó para siempre».

Más tarde, en 1948, «le retiraron sus títulos de profesor, lo apartaron de la docencia en los conservatorios de Moscú y Leningrado (el nombre de San Petersburgo entre 1924 y 1991) y, sobre todo, le prohibieron interpretar sus obras», añade Argumenty i Fakty.

Al evocar el destino de Shostakóvich, la prensa evita establecer paralelismos con la Rusia actual, donde, desde el inicio de la invasión de Ucrania, numerosos artistas se han visto obligados a exiliarse y las editoriales están sometidas a una vigilancia cada vez mayor.

La trampa se cerró

Con motivo de esta conmemoración, Sobaka publica un texto de su nieta, María Shostakóvich, que retrata a un hombre sometido a la presión constante del poder: «Mi abuelo tenía un principio: bajo ningún concepto debía afiliarse al partido. Pero en 1960 lo obligaron a hacerlo, y en una de sus cartas contó que, después, había ido a casa de un amigo, se había sentado en su cama y había roto a sollozar: comprendió que la trampa se había cerrado sobre él. Lo quebraron durante toda su vida».

En la revista cultural The Blueprint, el crítico musical Oleg Sobólev rinde homenaje al «mayor compositor de la historia de la Unión Soviética», alrededor de cuyo legado se ha tejido «toda una trama de mitos, contradicciones y complejidades vinculadas a su personalidad y a su época, en particular en lo que respecta a sus relaciones con el poder soviético».

¿Fue un «combatiente en la sombra contra el régimen», que escondía en sus obras mensajes que había que descifrar, o un «patriota convencido», como sostiene el escritor nacionalista Zajar Prilepin? Ni lo uno ni lo otro, considera Sobólev: Shostakóvich fue «un hombre que acompañó a su época, sufrió todos sus reveses y disfrutó de sus alegrías. Alguien que percibió con sutileza el espíritu de su tiempo y supo adaptarse a sus cambios».

De perseguido a héroe nacional

En la Rusia en guerra de hoy, los medios afines al poder proyectan, ante todo, la imagen de un Shostakóvich entregado a su patria soviética. A diferencia de otros grandes músicos rusos del siglo XX, como Ígor Stravinski o Serguéi Rajmáninov, exiliados en Occidente, él permaneció en su país.

La agencia oficial de noticias TASS recupera la célebre portada de la revista Time de 1942, en la que el compositor aparece con un casco de bombero y Leningrado en llamas al fondo. Como bombero voluntario, Shostakóvich fue destinado al tejado del conservatorio. «Quería ir al frente, pero su solicitud fue rechazada», recuerda la agencia.

De todas sus composiciones, la prensa destaca una: su Sinfonía nº 7, conocida como «Leningrado» e inevitablemente asociada a su nombre. Con su fuerza movilizadora, «conquistó al mundo antifascista», escribe el diario afín al Kremlin Rossíiskaya Gazeta.

La sinfonía se interpretó en Leningrado en agosto de 1942, durante el sitio de la ciudad, y se convirtió en un símbolo de la resistencia al nazismo. «El concierto se retransmitió por radio y se difundió por altavoces. La música se oía en las calles, en los apartamentos, en el frente. El sonido llegaba incluso a las posiciones alemanas», escribe TASS.

Ligada para siempre a una de las páginas más memorables de la historia soviética, la Sinfonía nº 7 «sigue encontrando eco hoy, porque su tema central, la lucha del bien contra el mal, es eterno», afirmó Valentina Matviyenko, presidenta del Consejo de la Federación –el Senado–, citada por la agencia rusa.

Nacida en Ucrania, Matviyenko establece el paralelismo promovido por el Estado ruso entre la Segunda Guerra Mundial y la actual guerra contra Kiev: «Ahora que el nazismo ha vuelto a ser una realidad política en Ucrania y está resurgiendo en varios países europeos, \[la sinfonía\] se percibe con especial agudeza y se siente con profunda intensidad».

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