No hay placer como una pila de libros
La bibliomanía es la única afición que también figura como trastorno de salud mental
Erasmo de Róterdam vivió sus meses más felices entre finales de 1507 y 1508 en la imprenta veneciana de Aldo Manuzio. Humanista peripatético (del griego peripatētikós “que pasea”, porque paseando enseñaba Aristóteles), el estudioso holandés había residido en Róterdam y Londres, Basilea y París, fiel a la idea de que el hogar del humanista está allí donde él se encuentre; sin embargo, su paraíso resultó ser aquel taller manchado, sucio, cacofónico y caótico de la Calle della Chiesa, cerca de la mugrienta Piazza Sant’Agostin. Durante nueve meses, Erasmo pasó sus cortas noches en un modesto dormitorio y sus largos días en la imprenta, ampliando su colección de proverbios, Adagiorum chiliades, mientras Aldo corregía pruebas y los artesanos colocaban cuidadosamente los juegos de tipos y pasaban el papel por la prensa.
En Venecia, el comercio seguía fluyendo a lo largo del Gran Canal, y los juerguistas del Carnaval, con máscaras de lentejuelas, se aferraban a los bordes del puente de Rialto como murciélagos en una cueva; pero en la Imprenta Aldina existía una ciudad por completo distinta: un heterogéneo grupo de algo más de treinta eruditos, muchos de ellos refugiados de Constantinopla, que se despertaban cada mañana con las campanas de San Giacomo, entregados a la tarea de leer y producir libros.
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