En el país de las mil lenguas hay un solo rey: el críquet
El deporte más popular de la India mantiene unida a toda su diáspora. También en los suburbios de Milán
Mi historia con la India es una historia de amor verdadero. En los últimos diez años hemos vivido de todo. He estado en los ghats de Benarés, donde las piras funerarias arden día y noche. Me he sentado bajo la higuera donde Buda alcanzó la iluminación una madrugada de hace muchos siglos. He llegado a Calcuta en el tren nocturno, atravesando al amanecer unos arrozales azules que parecían salidos de un sueño. En el gran templo de Madurai he visto a una multitud llevar a hombros al dios Shiva para que pasara la noche junto a su esposa Parvati, después de un día dedicado a escuchar las plegarias de los fieles. Ha sido una relación intensa, pero hasta ahora había dejado sin explorar uno de los rasgos más característicos de la India, compartido con sus países vecinos: la pasión por el críquet.
Trescientos cinco años después del primer partido de críquet disputado en la India –en 1721, por unos marineros ingleses que desembarcaron en el puerto de Khambhat, en Guyarat–, este deporte despierta pasiones, alimenta rivalidades encarnizadas y convierte a sus mejores jugadores en ídolos de dimensiones casi míticas, comparables a las grandes estrellas de Bollywood. Pese a ello, nunca he conseguido familiarizarme con la dinámica de los partidos y los campeonatos. El críquet siempre me ha resultado demasiado ajeno, con sus encuentros interminables, su intrincado sistema de puntuación y esos movimientos de los jugadores sobre el terreno de juego que me cuesta tanto interpretar. Hasta que, trabajando en un proyecto con la televisión pública india, me topé con una noticia que me llamó la atención.
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