Gritar gol y expulsar al vecino
Los Bafana Bafana unieron a Sudáfrica en su paso por el Mundial, pero ¿a qué país vitoreaban quienes festejaban cada triunfo?

En Sudáfrica siempre hemos otorgado al deporte el poder de unirnos y dividirnos. La histórica victoria de los Bafana Bafana sobre Corea del Sur –del pasado miércoles 24– volvió a llenar las calles con el grito de «¡No ADN, solo RSA!» (siglas de la Republic of South Africa), un lema popular durante los grandes torneos internacionales que proclama que la pertenencia al país la define la ciudadanía, y no la ascendencia. Pero, mientras la selección avanza hacia territorio desconocido, ese «nacionalismo blando» convive con otro mucho más duro. Las mismas voces que celebran los goles son, a menudo, las que reclaman que «los extranjeros se vayan».
El prefijo «Sur» añade una pesada carga a la palabra «África». Sudáfrica conoció una forma muy particular de colonialismo: una que no gobernaba el territorio en nombre de un imperio lejano, sino que lo reclamaba como propio. El régimen del apartheid no servía a una potencia extranjera; él mismo era esa potencia y consideraba el país su patria. Esa historia ha dado lugar a una identidad nacional singular. Cada comunidad ha hecho suya la condición de «sudafricana», pero entiende ese concepto de forma distinta. Hoy esa fractura se manifiesta en que una parte importante del país invoca precisamente la identidad sudafricana para justificar la expulsión de los extranjeros.
Existe una preocupación genuina entre la población negra empobrecida ante la posibilidad de que sus vidas estén condenadas a la miseria. Muchos sienten que la sanidad, el empleo y la prosperidad económica no están «diseñados para ellos». Lo perciben en el deterioro de las instituciones, en sus propias condiciones de vida y en la dificultad para salir adelante en el país más desigual del mundo.
Treinta años de políticas neoliberales han castigado duramente a una parte de la sociedad y alimentado el resurgimiento de la extrema derecha. Por un lado, hay fuerzas políticas que quieren desmantelar el programa de Empoderamiento Económico Negro (BEE, por sus siglas en inglés), creado tras el apartheid para corregir las desigualdades raciales en la propiedad empresarial y el empleo, aunque sus resultados hayan sido decepcionantes. Pretenden sustituirlo por un modelo de «libre mercado» que, en la práctica, supondría el desmantelamiento de las políticas de contratación orientadas a favorecer a la población negra. Por otro, ha resurgido la afrofobia encarnada por March on March, un movimiento antiinmigración y de vigilancia ciudadana que organiza protestas para exigir la expulsión de los extranjeros indocumentados de Sudáfrica.
Una consigna para los silenciados
Culpar a los extranjeros mientras se eluden las preguntas, incómodas pero legítimas, sobre el Gobierno, el capitalismo y sus fracasos es el camino más fácil. Además, ofrece un incentivo poderoso: hacer sentir a cada individuo que forma parte de algo más grande. No debe subestimarse el poder de dar voz –aunque sea una voz equivocada– a quienes sienten que nadie los escucha. Durante treinta años, Sudáfrica ha demostrado una extraordinaria habilidad para fabricar consignas. Pero al mismo tiempo, cada vez menos personas han sentido que esas palabras significaran algo. March on March ha ofrecido a quienes se sienten olvidados algo que decir y algo que hacer, una forma concreta de actuar. Y eso es más de lo que ofrecen las promesas incumplidas.
El rostro de la afrofobia en la Sudáfrica actual es el del hombre zulú: una imagen cuidadosamente construida del sudafricano orgulloso que lucha por «recuperar su país». Los zulúes constituyen el grupo etnolingüístico más numeroso del país, y parte del movimiento antiinmigración se ha nutrido de su imaginería nacionalista y de las redes de residentes de los albergues para trabajadores de KwaZulu-Natal y Johannesburgo.
Cabe preguntarse qué pensarán los supremacistas blancos –que todavía controlan buena parte de la economía– al ver cómo la vestimenta tradicional se utiliza para orquestar la violencia contra otros marginados. Es una escena conocida. Ya ocurrió en la Sudáfrica anterior a 1994, cuando un grupo de excluidos fue movilizado contra otro. El mensaje implícito resulta muy conveniente: «Miren, ni siquiera pueden convivir entre ellos. ¿Cómo van a gobernar un país?».
No condeno al hombre zulú que vive en los márgenes de la sociedad, en los albergues segregados para trabajadores migrantes –construidos durante el apartheid para alojar a la mano de obra negra cerca de las ciudades y que, en muchos casos, siguen habitados y han sido históricamente focos de movilización política–. Tiene preocupaciones legítimas y aspira a una vida mejor. Atribuir la afrofobia a un supuesto «problema zulú» es, en sí mismo, una forma de afrofobia; afirmar que los dirigentes de March on March representan al conjunto del pueblo zulú también lo es. Pero ignorar el peso del nacionalismo zulú en este movimiento sería igualmente un error.
Marginados contra marginados
Es un terreno pantanoso. Hay que reconocer las aspiraciones etnonacionalistas de una parte de la población zulú sin convertir a todo un pueblo en el villano de la historia. Insisto: se está movilizando a unos marginados contra otros, mientras quienes concentran el poder contemplan la escena desde la comodidad de sus despachos, satisfechos de salir una vez más indemnes.
Volvamos al fútbol. Mientras nos unimos bajo la bandera de Sudáfrica, ¿qué Sudáfrica estamos celebrando? ¿La de un país que empieza a verse a sí mismo como algo distinto de África, más «Sur» que «África»? Cuando organizamos la Copa del Mundo de 2010, nos enorgullecía ser «el primer país africano» en conseguirlo. Hoy coqueteamos con la idea de convertirnos en el primer país del sur del continente que se desvincula ideológicamente de la gran historia africana. Con ello consagramos las fronteras coloniales y reproducimos la lógica de la supremacía blanca. Si una victoria de los Bafana Bafana sirve para construir una nación, conviene preguntarse qué clase de nación estamos construyendo.