¿Por qué aquí los estudiantes no salen a la calle?
Francia se prepara para una nueva oleada de protestas estudiantiles, pero el movimiento apenas traspasa las fronteras. ¿A qué se debe?

Los estudiantes de bachillerato y los jóvenes del resto de Europa tendrían motivos de sobra para seguir los pasos de sus vecinos franceses, pues se enfrentan a problemas muy similares. Sin embargo, no lo hacen, o apenas lo hacen, como señalan numerosos medios. ¿Qué está pasando? He aquí un repaso de lo que opinan los diarios y revistas de algunos países vecinos.
Reino Unido: una herencia histórica distinta
Siempre muy pendiente de lo que ocurre al sur del canal de la Mancha, la prensa británica ha dedicado numerosos comentarios a las movilizaciones de los estudiantes de bachillerato, con una pregunta de fondo: ¿por qué en Francia y aquí no? «Los jóvenes británicos tienen muchas razones para estar enfadados: una deuda estudiantil asfixiante, los privilegios de los que disfrutan los alumnos de los colegios privados, un mercado de la vivienda inaccesible para ellos…», enumera Kitty Sayers en las páginas de The Guardian. Y, aun así, no salen a la calle. ¿Por qué?
Según esta estudiante de Periodismo que creció en Francia, los motivos son, ante todo, culturales. «La República francesa nació de una insurrección y nunca lo ha olvidado», sostiene. «Los alumnos franceses aprenden que los levantamientos y las revueltas están en el origen de sus libertades; por eso se reivindican estos métodos como instrumentos de cambio. En la escuela se les inculca la idea de que, si algo no nos gusta, tenemos el poder de cambiarlo».
Los jóvenes británicos, en cambio, no crecen con ese mito cultural de la revolución. Pero, a juicio de Neil Mackay, eso no debería disuadirlos de salir a la calle. «La juventud francesa se moviliza, indignada por el estado de sus centros educativos y sus universidades. ¡Ojalá nuestros jóvenes hicieran lo mismo!», exclama este conocido periodista en The Herald, antes de denunciar el futuro que aguarda a la juventud a ambos lados del canal de la Mancha. «En Gran Bretaña y en Francia se les dice a los jóvenes sin rodeos que no tienen futuro. Solo unos pocos afortunados conseguirán un empleo digno; los demás sobrevivirán encadenando trabajos precarios, endeudados hasta las cejas, mientras la inteligencia artificial arrasa sus perspectivas de futuro».
Para este periodista de izquierdas, la culpa es de la austeridad que se impone por todas partes y que siempre golpea a los más débiles. Una austeridad contra la que los jóvenes franceses tienen todos los motivos del mundo para rebelarse.
Italia: una memoria colectiva «hecha de derrotas»
Al otro lado de los Alpes, el incendio no ha prendido, pero surgen pequeños focos aquí y allá. «Los primeros bloqueos se produjeron en Turín; después, las protestas llegaron a Roma y Nápoles. La movilización de los institutos franceses ha cruzado la frontera», constataba hace unos días Il Fatto Quotidiano. Sin embargo, aunque los pocos jóvenes que protestan corean el lema «Hagamos como en Francia», lo cierto es que en Italia la ola no se ha convertido en tempestad. Y, según el análisis de Domani, la explicación vuelve a estar en las diferencias históricas entre ambos países.
Al igual que Francia, Italia también vivió grandes movilizaciones juveniles en el pasado. Pero, mientras que en el país galo algunas dieron fruto –como en 2006, con las protestas contra el contrato de primer empleo–, los italianos nunca lograron que se atendieran sus reivindicaciones. «Ni el llamado movimiento de la Pantera, en 1989, ni el de 2008, “No pagaremos la crisis” \[ambos de carácter más bien universitario\], consiguieron gran cosa», lamenta este medio de izquierdas. «Los franceses que bloquean un instituto han heredado la convicción de que un Gobierno puede ceder, mientras que nuestra memoria solo está hecha de derrotas».
Domani recuerda que el año pasado se registraron 69 derrumbes en centros escolares italianos y que el país dedica a la educación el 4,06% de su PIB, frente al 5,26% de Francia. A su juicio, la diferencia entre ambos países no radica en los problemas, que son muy parecidos, «sino en la convicción de que se puede conseguir algo».
Il Foglio, que también dirige la mirada hacia París y los incidentes en las manifestaciones, opta por la ironía: «Las protestas juveniles me preocupan, porque pueden degenerar… Pero me preocupan todavía más cuando no existen en absoluto».
Alemania: falta la «convergencia de las luchas»
En Alemania, cada semana trae su ración de manifestaciones: los alemanes protestan contra los alquileres elevados, los recortes en las prestaciones sociales o la carrera armamentística; se manifiestan en solidaridad con Palestina o por la paz. A todo ello se suman las huelgas de los estudiantes de bachillerato contra el servicio militar obligatorio. Sin embargo, no se vislumbra ningún movimiento de gran alcance. ¿Por qué?
Porque las distintas causas avanzan por separado, sostiene la revista de izquierdas Jacobin. «Desde luego, Francia y Alemania no comparten la misma cultura de protesta y conflicto. En Francia, los conflictos se expresan de forma más abierta y, a menudo, con mayor dureza».
La diferencia está en la solidaridad, en lo que los franceses llaman la «convergencia de las luchas», explica la publicación: entre estudiantes de bachillerato, universitarios, docentes, familias, sindicatos, etc. «Eso es precisamente lo que falta en Alemania. Los recortes drásticos en el sistema de protección social, los alquileres elevados, las escuelas y los hospitales devastados por la austeridad, el rearme, el servicio militar y la solidaridad internacional suelen tratarse como cuestiones independientes. Sin embargo, todas remiten a una misma pregunta de fondo: ¿quién controla los recursos de la sociedad?».
Por eso, desde Berlín, el diario de izquierdas Tageszeitung lanza un llamamiento a la juventud alemana: «¡Uníos!». «Que el impulso que hoy lleva a cientos de miles de personas a las calles de Francia aún no haya cuajado aquí no significa que esas escenas de solidaridad no puedan repetirse en Alemania, ni que sea imposible movilizar a multitudes igual de numerosas. Desde luego, los motivos para unirse existen desde hace mucho tiempo».