Al final, en Suecia ganó Elon Musk
Tras casi tres años de huelga, Tesla ha logrado doblegar a los sindicatos del país. ¿Está en peligro el modelo laboral sueco?

Hace tres años dio mucho que hablar el duro enfrentamiento que estalló en Suecia entre Tesla, la empresa de Elon Musk, y el sindicato IF Metall. En octubre de 2023, el fabricante estadounidense de automóviles tuvo que hacer frente a las protestas en los talleres encargados del mantenimiento de sus vehículos en el país escandinavo. Los trabajadores afiliados a IF Metall exigían la firma de un convenio colectivo con la filial sueca de Tesla, TM Sweden, y, sobre todo, unas condiciones laborales menos precarias. A la movilización se sumaron, en solidaridad, otros sindicatos, como los de los trabajadores portuarios, los pintores y los electricistas.
También hubo muestras de apoyo fuera de Suecia: en noviembre de 2023, cincuenta trabajadores metalúrgicos de una fábrica alemana que produce componentes de aluminio para la compañía estadounidense secundaron un paro. Además, los empleados del servicio postal sueco emprendieron una protesta solidaria y se negaron a repartir los paquetes y la correspondencia de Tesla.
Fuera de Escandinavia, esta batalla había caído casi en el olvido, pero este verano llegó el desenlace del enfrentamiento, que se saldó con la derrota de los trabajadores suecos. Se impuso el inmenso poder financiero de Musk. Como explica el diario sueco Dagens Nyheter, la huelga más larga de la historia reciente de Suecia –que concluyó después de 1.021 días– comenzó el 27 de octubre de 2023 con unos cuarenta trabajadores, pero pronto se extendió a muchos más y contó con el respaldo de buena parte de la opinión pública.
A lo largo de casi tres años, catorce sindicatos de cuatro países bloquearon la entrega del correo, la limpieza, la recogida de residuos, los trabajos eléctricos en los talleres y las estaciones de recarga, y la descarga de automóviles en los puertos, además de organizar cientos de acciones de protesta.
Tesla perdió varios pleitos derivados del conflicto, entre ellos los que la enfrentaron al servicio postal sueco, la agencia de transportes y la empresa distribuidora de electricidad. Se vio obligada a pagar millones de dólares en costas judiciales y honorarios de abogados. Sin embargo, nada logró doblegar a Musk, que no quiso ceder ni ante la más mínima reivindicación sindical.
Una batalla que Musk no podía permitirse perder
Suecia es un mercado de escasa importancia para Tesla. En el país escandinavo, la empresa estadounidense no fabrica vehículos, sino que se limita a gestionar una pequeña red de concesionarios y talleres de mantenimiento. La obstinación de Musk solo se explica por el temor a que el caso sueco sirviera de inspiración a los trabajadores de otros países. Por ejemplo, a los de Alemania, donde Tesla fabrica automóviles desde marzo de 2022 en una gran planta situada al este del país, cerca de Berlín, de la que salen tres cuartas partes de los vehículos que vende en Europa.
Además, hasta ahora la compañía siempre ha impedido la sindicalización de las decenas de miles de personas que emplea en todo el mundo. Por eso, el empresario de origen sudafricano, el hombre más rico del planeta, ha desplegado todo su poder financiero y político. Durante estos tres años, Tesla sustituyó a los huelguistas por personal trasladado desde sus talleres de al menos catorce países europeos; trasladó a una fábrica extranjera la producción de un componente bloqueado en Suecia; y envió sus vehículos en camiones y ferris cuando los trabajadores portuarios bloquearon los buques cargados de automóviles en los puertos escandinavos.
El golpe de gracia
Cualquier otra empresa habría sido incapaz de soportar semejantes costes y habría terminado por sentarse a negociar con los sindicatos. No fue el caso de Musk, que no solo posee una inmensa fortuna, sino que siente una profunda hostilidad hacia la propia idea de sindicato. A ello se suma su ya tristemente célebre cercanía a Donald Trump y –en particular aquí, en Europa– a los partidos y movimientos de extrema derecha, así como al régimen de Vladímir Putin, a quien hizo un favor al desconectar Starlink en una parte de Ucrania y dejar a una población civil ya castigada aún más indefensa ante los bombardeos indiscriminados de los rusos.
Al final, para dar el golpe de gracia a los sindicatos en Suecia, el fundador de Tesla se limitó a «comprar» a los huelguistas: pagó las indemnizaciones por la extinción de los contratos de todos los empleados que seguían protestando pese a los duros sacrificios soportados durante casi tres años. El coste de la operación no se ha hecho público. Pero, llegados a ese punto, IF Metall, ya sin afiliados a los que defender, se vio obligado a suspender todas sus acciones a partir del 19 de agosto de 2026.
En un comunicado, el sindicato declaró que «Tesla se opone con tal firmeza a los convenios colectivos que prefiere indemnizar a los empleados para prescindir de ellos antes que garantizarles unas condiciones laborales seguras. Es un hecho sin precedentes en el mercado laboral sueco, al igual que las acciones antisindicales sistemáticas de la empresa, que ha recurrido a métodos prohibidos en el país desde hace casi un siglo».
¿Está en peligro el modelo sueco?
Ahora, muchos en Suecia se preguntan si, tras esta derrota, también está en juego la supervivencia del «modelo sueco»: el sistema por el que los salarios y otras condiciones laborales se fijan en el país escandinavo mediante convenios colectivos negociados entre sindicatos y empresas, sin intervención del Estado.
Así ocurre desde 1938, cuando los agentes sociales firmaron el Acuerdo de Saltsjöbaden, que toma su nombre de la localidad cercana a Estocolmo donde se alcanzó el pacto y que puso fin a una época marcada por frecuentes conflictos laborales. A lo largo de estas décadas, el acuerdo ha contribuido al progreso de Suecia y la ha convertido en un entorno económico estable y fiable. Hoy, Suecia es uno de los países más sindicalizados de Europa: el 90% de sus trabajadores está amparado por un convenio colectivo.
Sus sindicatos son conocidos por su fortaleza: los trabajadores están muy unidos, a menudo se solidarizan con compañeros de otros sectores que atraviesan dificultades y cuentan con abultadas cajas de resistencia que les permiten sostener conflictos laborales muy prolongados. Hace más de treinta años consiguieron doblegar al gigante de los juguetes Toys R'Us y obligarlo a firmar un convenio colectivo tras una huelga de tres meses, durante la cual cerraron las tiendas de la cadena y bloquearon los suministros, las transacciones financieras, los envíos postales y la recogida de residuos.
Una derrota que trasciende Suecia
Hoy los trabajadores del país han descubierto su impotencia ante una empresa como Tesla y un personaje como Musk. El caso sueco tampoco es una buena señal para los movimientos sindicales del resto del mundo, sobre todo para aquellos que se proponen plantar cara a una multinacional. Como señala el Financial Times, en Suecia siguen firmándose convenios colectivos: después de años de negociaciones, por ejemplo, la empresa de videojuegos King, creadora de Candy Crush, acaba de alcanzar uno con los sindicatos.
Sin embargo, según Dagens Nyheter, para hacer frente en el futuro a Tesla y a otras empresas de vocación antisindical, los trabajadores tendrán que estrechar su colaboración internacional. También necesitarán el respaldo de normas aplicables en toda la Unión Europea que impidan, por ejemplo, recurrir a «esquiroles» procedentes de otros países. Resulta especialmente reprobable –concluye el diario sueco– que estas conductas antisindicales provengan de una multinacional que, como Tesla, crece también gracias a los incentivos públicos destinados a fomentar la implantación del automóvil eléctrico.