Así acabará la Tercera Guerra del Golfo
Teherán construyó una doctrina de resistencia diseñada para ser exportada, no para su consumo local

Durante cuatro décadas, el principal logro estratégico de Irán consistió en externalizar sus conflictos, asegurándose de que sus guerras se libraran en el mundo árabe. La República Islámica tejió una compleja red de actores estatales y no estatales –desde Hezbolá en Líbano y los hutíes en Yemen hasta una constelación de milicias en Irak y Siria– con el objetivo de mantener el campo de batalla lejos de su propio territorio.
La lógica era simple: proyectar la fuerza hacia el exterior para desgastar a sus adversarios y disuadir ataques directos, elevando el coste de cualquier represalia contra el país. Hoy, sin embargo, ese esquema se ha desmoronado. Y, pese al alto el fuego de dos semanas anunciado la semana pasada, la guerra ha acabado por instalarse dentro de Irán.
El balance de la guerra que acaba de interrumpirse resulta sorprendente en varios sentidos. Israel habría eliminado a más de 250 altos cargos iraníes, incluida buena parte de la cúpula militar y, según diversas informaciones, miles de efectivos de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) habrían muerto o resultado heridos. El Pentágono asegura además haber destruido más del 90% de la armada iraní.
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