La rebelión de los alcaldes
Cómo las ciudades se han convertido en la primera línea de resistencia frente al autoritarismo
Desde su regreso al poder, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha emprendido una ofensiva contra las ciudades del país. Su Administración ha enviado a miles de agentes armados y enmascarados del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) a operar en grandes núcleos urbanos y ha desplegado a la Guardia Nacional en Los Ángeles, Washington D. C., Memphis y Portland. También ha retirado miles de millones de dólares ya asignados a infraestructuras municipales, paralizando proyectos de energía y transporte planificados desde hacía años, y ha retenido fondos federales destinados a programas locales de vivienda, atención a las personas sin hogar, alimentación, energía y salud, además de amenazar con suprimirlos.
Los ataques contra las ciudades, grandes centros de población, innovación, productividad y creatividad del país, apenas tienen precedentes en Estados Unidos. Pero distan mucho de ser una novedad en el resto del mundo. Los dirigentes iliberales arremeten contra ellas porque suelen actuar como bastiones de la democracia: son terreno fértil para figuras y movimientos de oposición con arraigo popular, centros alternativos de poder político y exponentes del pluralismo cosmopolita contra el que los autoritarios lanzan sus diatribas. A medida que Trump concentra el poder ejecutivo y trata de doblegar a las fuerzas opositoras, las ciudades estadounidenses se están convirtiendo al mismo tiempo en blanco de la presión federal y en poderosos focos de resistencia.
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