¿Y si la privacidad solo ha sido un paréntesis en la historia?
La esfera privada tardó siglos en conquistarse, pero empezó a declinar mucho antes de la llegada de internet

En el siglo XVII, una exhortación habitual aconsejaba: «No hagas en privado nada que no harías en público. Mantente ocupado, no sea que la privacidad se convierta en tu enemiga». Un predicador fue aún más lejos y advirtió que la privacidad era cosa de «adúlteros y asesinos». Se creía que el diablo acudía cuando uno estaba a solas y que, por tanto, ser vigilado debía ser motivo de tranquilidad.
La privacidad, como tantas otras cosas que damos por sentadas, no es un fenómeno natural, sino una conquista histórica. Surgió en parte por azar, como consecuencia imprevista de los conflictos políticos, y más adelante se reivindicó y defendió como un derecho. Pero, puesto que nunca estuvo garantizada, también puede perderse. De hecho, el discurso dominante presenta hoy su desaparición como inevitable. Nos dicen que una ofensiva tecnológica sin precedentes está desmantelando la privacidad: la vigilancia digital, la minería de datos, la ingeniería social algorítmica y el escrutinio incesante de las redes sociales, a los que ahora se suma la inteligencia artificial.
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