Cómo Suecia se convirtió en un país de libertarios pro-Estado
Los suecos defienden su independencia a ultranza, pero confían en un Estado gigantesco para garantizarla: es la paradoja escandinava
Pocas causas ideológicas han conseguido unir a Bernie Sanders –un político estadounidense tan a la izquierda que en Europa pasaría casi por centrista– y a Charlie Kirk, el agitador pro-Trump asesinado el año pasado. Sorprendentemente, ambos compartían una fascinación por Suecia. Para el hosco senador, el país escandinavo encarna una sensatez socialista que Estados Unidos haría bien en imitar. Para el referente conservador, el hogar de Ikea y Spotify también merecía admiración. Pero, a su juicio, Suecia no prosperaba gracias a su Estado hipertrofiado, sino a pesar de él: su éxito se explicaba por un individualismo visceral, de esos de «no me pises», que cualquier tejano reconocería al instante.
Que los dos extremos del espectro político se disputen el mérito del éxito de uno de los países mejor gestionados del planeta no debería sorprender a nadie. Lo verdaderamente llamativo es que ambos tienen parte de razón: Suecia es el paradójico hogar de un individualismo practicado de forma colectiva.
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