Con el teléfono en una mano y el corazón en la otra
«Si esta voz llega hasta ustedes, no le den la espalda. Escúchenla, transmítanla», escribe la periodista gazatí Ansam al-Kitaa.

Nunca imaginé que mi pluma se convertiría en una línea de vida, que mi teléfono sería el muro tras el que esconderme del horror de los bombardeos, y que mi trabajo se transformaría en mi único camino para sobrevivir y para sentir mi humanidad.
En muchos lugares, el periodismo se concibe como un oficio de sinsabores. Pero aquí, en la ciudad de la vida y la muerte –la ciudad de Gaza, como me gusta llamarla–, es una profesión de vida o muerte. Para mí, el periodismo no es solo informar, sino librar una auténtica batalla contra nuestro dolor sangrante y, a veces, contra la propia muerte.
En muchos momentos, la muerte estuvo más cerca de mí que mi propio aliento. Cada vez que escapaba de ella me preguntaba: «¿De verdad tengo suerte de haber sobrevivido?». Entonces, recordaba que me encuentro en una ciudad asediada por la muerte desde todos los frentes, que siega almas a cada segundo, y donde la supervivencia es solo física: el alma queda atrapada entre los cuerpos de los difuntos y un pasado que ha quedado reducido a un puñado de recuerdos.
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