Es hora de defender la democracia liberal

Es hora de defender la democracia liberal

Las similitudes con la década de 1930 se han vuelto demasiado evidentes como para ignorarlas, escribe Adrian Wooldridge

The Spectator, Reino Unido
Adrian Wooldridge

Soy consciente de que –del mismo modo que la forma más rápida de perder una discusión es mencionar a Hitler–, la manera más segura de erosionar la credibilidad periodística es invocar los años treinta. Sin embargo, las similitudes con nuestra propia y sombría década se han vuelto demasiado evidentes como para ignorarlas. Se repite la misma constelación de síntomas inquietantes: el ascenso de autócratas, el desmoronamiento del centro político, la sofisticación intelectual de los odios partidistas. Y, más alarmante aún, vuelve a instalarse la sensación de avanzar, casi sin freno, hacia una conflagración mundial.

Las similitudes empiezan por la descomposición del orden internacional. En las décadas de 1920 y 1930, ese orden se derrumbó porque Gran Bretaña ya no disponía del peso económico necesario para sostener su papel como potencia hegemónica liberal –un liderazgo que había ejercido con brillantez durante la era victoriana–, y Estados Unidos aún no estaba dispuesto a asumirlo. 

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