El papa que salió de la guerra santa
El joven Prevost llegó a un Perú donde Roma combatía la teología de la liberación. De aquella fractura salió León XIV

El padre Prevost, conocido hoy en el mundo como el papa León XIV, reconoce que era un ingenuo cuando llegó por primera vez a Perú en 1985 como misionero agustino. Tenía 30 años y llevaba tres como sacerdote. Le parecía natural, contó hace poco a su biógrafa Elise Ann Allen, que el clero trabajara «para edificar comunidades eclesiales de base» y que la parroquia fuera un lugar «donde las personas llegan a conocerse, a ayudarse y a apoyarse mutuamente». Aunque en otros lugares del país, añadió, la perspectiva era muy distinta.
Se quedaba corto. Bob Prevost había aterrizado en un país donde la Iglesia católica estaba en guerra consigo misma. Algunos teólogos predicaban un evangelio de lucha de clases y liberación política, mientras otros cerraban filas en torno a una fe más doctrinaria.
Durante las dos décadas anteriores, la teología de la liberación –que retrataba a Cristo como un revolucionario e interpretaba el Éxodo como una parábola sobre cómo escapar de la esclavitud moderna– se había extendido entre los desposeídos de América Latina. Perú era uno de sus bastiones: el credo liberacionista prendía en los pueblos jóvenes de Lima, en las haciendas costeras, en los Andes aymaras y quechuas, y en la cuenca amazónica, donde los sacerdotes colaboraban con las comunidades indígenas para defenderse de madereros y petroleras.
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