El despertar tardío de un deseo más libre
En una era plagada de negatividad sexual, solo una generación parece inmune: la mía, reflexiona la escritora Mireille Silcoff
En 2019 me divorcié, a los 46 años, y pasé a tener más y mejor sexo del que jamás habría creído posible. No imaginaba que el final de una relación de veinte años pudiera inaugurar una nueva era de alto erotismo; habría tenido que estar delirando para imaginarlo. Era una mujer de mediana edad, con dos hijos pequeños, un buen puñado de enfermedades crónicas y una cuenta bancaria que, en la práctica, había entregado a los abogados matrimonialistas. Mi carrera pendía de un hilo y, tras años viviendo en ciudades más grandes, había regresado a mi Montreal natal, enfrentándome a ese aislamiento peculiar que deja el fin de una relación que ha definido casi la mitad de tu vida. Y entonces llegó la pandemia.
Al principio pensé que solo era mi propia historia, genial e inusual. Volver a tener sexo abundante a finales de mis cuarenta me pareció extrañamente intuitivo, como escuchar una vieja canción favorita y descubrir que, por supuesto, aún me sabía toda la letra. Había nuevos lujos –preparaba comidas exquisitas, compraba lencería absurda, fingía que siempre tenía whisky japonés a mano–, pero también descubrí que era mejor en la cama, y que eso se debía a que era mayor. Tenía menos inhibiciones, menos complejos y más amor propio que cuando era una joven tersa de 24 años.
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