«Es como volver al Lejano Oeste». Moldavia quiere a sus emigrados de vuelta
Uno de cada tres moldavos vive fuera del país. El Gobierno proeuropeo quiere que regresen pero no es tarea fácil

«Chisináu es una ciudad de contrastes», dice Sașa, un joven con gorra de béisbol, mientras charlamos entre cigarrillo y cigarrillo, frente a una taza de café descafeinado en el centro cultural Casa Zemstvei. La frase suena a tópico, pero me viene a la cabeza una y otra vez mientras recorro la capital de Moldavia, de 720.000 habitantes.
En el centro de la ciudad todavía quedan casas bajas de madera, ante las que se ve a gente trabajando con martillos y pinceles. Las amplias avenidas, recorridas por hileras de coches y trolebuses azules y blancos, están flanqueadas por imponentes edificios brutalistas y construcciones de piedra caliza con relieves neoclásicos. Pero basta caminar unas pocas manzanas para encontrarse con calles maltrechas, llenas de baches y coches aparcados a ambos lados.
Cuando visito el país, la primavera está a las puertas. En los numerosos parques de la ciudad, cuyos árboles siguen desnudos tras el invierno, brillan las flores amarillas de los laburnos. En las aceras, ancianas con la cabeza cubierta por pañuelos de flores venden, por unos cuantos leus, ramilletes de narcisos, pequeños cactus y frondosos manojos de cebolletas. A poca distancia, los letreros luminosos de las tiendas, los cafés y los restaurantes «de estilo europeo» atraen a los transeúntes.
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