Mi propio Sudoku
La editora Katja Scholtz hereda la obsesión por leer necrológicas y, entre manías de correctora, descubre su fragilidad humana

Una de las cosas extrañas de hacerse mayor es descubrir cada vez más similitudes con los propios padres. Antes pensaba que el parentesco se reducía al color de los ojos o a la forma de las uñas; hoy sé que los paralelismos con mi madre van mucho más lejos. Abrir de par en par las ventanas en cuanto suenan campanas, no tolerar ni una miga sobre la encimera, querer acariciar a cualquier animal que se cruce en mi camino… todo eso empieza a resultarme bastante familiar.
Y si antes me parecía un completo misterio por qué mi madre leía, semana tras semana y con absoluta concentración, las necrológicas del WAZ, hoy me descubro haciendo exactamente lo mismo, solo que con otro periódico y, quizá, con una concentración aún mayor que la suya. Tal vez tenga que ver con la edad y con esa convicción –que ha pasado de ser una simple conjetura a una certeza absoluta–, de que no solo mueren los demás.
Y que, por lo tanto, no está de más irse familiarizando con la idea. Por ello, examino con lupa en los obituarios el año de nacimiento de los fallecidos: 1971 ya me parece pésimo. Cualquiera año posterior, por supuesto, resulta directamente insoportable. Pero los anteriores también me inquietan. Hasta hace unos quince años aún podía aceptar, con cierta tranquilidad, las fechas de nacimiento de mis abuelos; pero como esa generación ya se ha extinguido, ahora debería fijar un nuevo límite. Y a eso me niego rotundamente.
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