No es Mercurio, ¡eres tú!
Frente a las profecías de la astrología, reivindicar la incertidumbre es una forma más libre y humana de entendernos

Tenía veintiséis años, vivía en Boston y trabajaba como dependienta en una quesería cuando la astrología y yo empezamos a distanciarnos. Mi amiga Allie –nombre ficticio– acababa de recibir un correo electrónico de la exnovia de su novio en el que comparaba las cartas astrales de los tres. Aquello rozaba el límite de lo que yo consideraba «normal», pero corría el año 2013, se emitía Girls y decidí dejarlo pasar.
Poco después empecé a salir con el hombre que acabaría convirtiéndose en mi esposo. Estábamos en esa fase empalagosa en la que él se pasaba a menudo por mi trabajo. Por entonces yo tenía una compañera nueva, una persona que –no temo decirlo– se llamaba Ren. Era joven, atractiva, testaruda y acababa de salir de la universidad. Llevaba una coleta rubia teñida de rosa, las axilas sin depilar y un brillo pícaro en la mirada. Todos quedamos fascinados con ella durante la primera semana. Una tarde le comenté que estaba deseando que conociera a mi novio.
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