Rezarle a la compañía de la luz
En Monrovia, los milagros los reparte la compañía energética. Y cada bombilla que se enciende nos recuerda que no hemos sido olvidados

De noche, Monrovia emite un murmullo distinto. La ciudad no duerme; simplemente espera a que llegue la corriente, la lluvia o cualquier cosa más luminosa que las promesas del día. Los ventiladores permanecen inmóviles, como centinelas incapaces de proteger a nadie. Los frigoríficos exhalan un último suspiro antes de rendirse al silencio. En algún lugar a lo lejos, la tos convulsa de un generador rompe la penumbra y su eco reverbera por los barrios como una oración exhausta que muchos repiten a coro.
Cuando la luz se apaga, el tiempo adquiere otra densidad. Las conversaciones se acortan y los ánimos se caldean. Los amantes yacen juntos, escuchando el zumbido de los mosquitos en la oscuridad. Los niños convierten sus cuadernos en abanicos. Los ancianos se sientan junto a la ventana para recordar la guerra, aquel tiempo en que las tinieblas eran mucho más que una incomodidad. El traqueteo de los generadores parece despertar esos recuerdos, un recordatorio de viejas y nuevas batallas. La ciudad entera contiene el aliento, a la espera del pequeño milagro de la electricidad.
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