Vidas sin valor añadido

Supervivencia a través del entretenimiento: la paradoja de crear contenido en Gaza

Vidas sin valor añadido
Renad Atallah cocinando en la terraza de su casa en Deir el‑Balah (Gaza), en noviembre de 2024. Foto: CBS News
Daraj, Líbano
Diana Itawi

Supe de la marcha de Rinad al toparme con el vídeo de otro niño, quizá de su edad o incluso menor, que pedía ayuda en redes para que evacuasen a todos los niños. No comprendía por qué Rinad había podido salvarse y él no. El vídeo, brutal en su sencillez, dejaba al descubierto la pregunta más honda de todas: «¿por qué yo no?».

Rinad Atallah, una niña gazatí de 11 años, es una activista digital. Con una sonrisa radiante y un discurso cercano, publica con regularidad vídeos de cocina en los que improvisa recetas alternativas para afrontar la escasez de alimentos, en medio de la devastación que la rodea. Evita mostrar heridos, lanzar acusaciones o los discursos políticos; todo en su contenido apunta a una única súplica: poder seguir viva.

El precio de hacerse visible

Sus vídeos alcanzan gran difusión porque encajan con la lógica algorítmica de las plataformas: comida + positividad + constancia = interacción. Ya la siguen casi 1,6 millones de personas. Muchas de ellas financiaron, a través de GoFundMe, su salida de la Franja.

El vitalismo de Rinad, sin embargo, no refleja su realidad. Distingue con claridad entre la dureza de su vida y el tono optimista que le exige el algoritmo, una estrategia que le permite sostener el crecimiento de su marca en Instagram.

A principios de agosto anunció que, por fin, había salido de Gaza rumbo a los Países Bajos, donde su hermana mayor fue admitida en la universidad. Se marchó con ella y con su hermano gemelo, dejando atrás a su madre y a otros cuatro hermanos.

Supe de su partida al toparme con el vídeo del otro niño. No era conocido, no tenía una estrategia de creación de contenido ni una base de seguidores. Por ello, sus posibilidades de sobrevivir eran menores. Aún no había comprendido que, para reclamar el derecho a la vida, hay que envolverlo en un «valor añadido» para el público; que la sinceridad desnuda no es «productiva» a ojos del algoritmo. Todavía no entendía que, fuera del regazo de sus padres, tendría que demostrar su «valía» para vivir con dignidad o, simplemente, para vivir.

Esta es una de las consecuencias del capitalismo militar, donde poseer una marca personal atractiva, inofensiva y comercializable se vuelve un requisito para seguir con vida. Y el comercio no se limita al dinero: también abarca símbolos y significados. Un surrealismo cada vez más enrevesado.

Los datos: materia prima del poder

El cliché «si el producto es gratis, el producto eres tú» nunca fue tan certero. Nuestros datos son la materia prima de esta era. Quienes los vigilan, almacenan o compran –empresas privadas, gobiernos o programas espía– pueden deducir mucho de lo que publicamos: desde metadatos (hora, ubicación, formato) hasta el tono del contenido (sarcástico, informativo, emocional) y la identidad del emisor (edad, género, preferencias).

El resultado es un perfil demográfico casi exacto. Si añadimos la red de seguidores, comentarios, aliados y detractores, obtenemos un mapa social que revela mucho sobre una comunidad en un tiempo y lugar determinados.

Las empresas extraen de ahí conclusiones muy precisas sobre nuestro comportamiento. Un caso célebre: la cadena Target predijo el embarazo de una adolescente antes de que ella misma lo supiera, únicamente analizando sus patrones de compra. Empezó a recibir anuncios de productos para bebés incluso antes de hacerse el test.

Para los gobiernos, estos datos sirven para anticipar elecciones o referendos. En manos de programas espía o aparatos represivos, se transforman en herramientas de rastreo, vigilancia e identificación de periodistas, activistas o civiles «sospechosos».

En Gaza, crear contenido puede ser una vía de supervivencia… y un riesgo mortal. Por un lado, los usuarios no tienen más remedio que mostrar lo que ocurre en medio del apagón informativo; por otro, deben adaptarlo a los criterios de las plataformas, que privilegian el entretenimiento sobre las noticias. Publicar puede atraer apoyo y recaudar fondos, pero también poner en manos del ejército israelí una cantidad ingente de datos que facilitan la persecución y el asesinato.

La tradición del silencio

Desde pequeños, los padres enseñan a sus hijos a no revelar detalles de su vida privada por miedo a los «envidiosos». Les inculcan no decir adónde van ni con quién, a responder «no lo sé» ante preguntas incómodas. El secretismo se convierte así en una forma de protección.

Esta cultura de la discreción, arraigada en ciertas costumbres islámicas («Llevad a cabo vuestros asuntos con discreción»), ha resultado útil en una región marcada por guerras sucesivas. Cuantos más espías, mafias y armas circulan, mayor se vuelve la necesidad del silencio.

–«¿Dónde está tu familia?» –«No lo sé».

–«¿Y tu vecino?» –«No lo sé».

Esa prudencia se interioriza hasta confundirse con la mentira. Aprendemos a mezclar verdad y ficción para protegernos. Pero el método es insostenible: las medias verdades acaban erosionando la confianza y fomentando el autoengaño.

Pese a ello, las razones para aferrarse a esa paranoia aumentan en la era de los dispositivos inteligentes, que rastrean cada gesto. En ausencia de leyes de privacidad, especialmente en Oriente Medio, el secretismo sigue siendo la única línea de defensa.

Jugamos a «dos verdades y una mentira» con nuestra propia vida, intentando no mostrarnos desnudos ante el mundo. Pero el capitalismo militar ha convertido la privacidad en un lujo. Y responder «No lo sé» ya no es una opción para la mayoría.

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