Todo es igual y nada es lo mismo en el negocio del 'striptease'
Cómo el neoliberalismo ha transformado el oficio de desnudarse y la lucha por recuperarlo

Con el corazón desbocado, entro en el Sapphire Gentlemen’s Club –también conocido como Sapphire 60– un viernes a las 9.20 de la noche. El local está situado en la calle 60, en el centro de Manhattan. Llevo una blusa amarilla holgada, una falda roja hasta la media pierna con lunares blancos y voy sin maquillar. El club está en penumbra, bañado por una luz azulada; solo unos pocos clientes ocupan las mullidas butacas giratorias de cuero frente al escenario. Fuera de él, varias bailarinas conversan sentadas unas junto a otras; me enamoro al instante de una de ellas, una morena con un minivestido rojo. En la barra, una de las chicas lee una vieja edición de bolsillo de Retrato de una dama.
Se respira un silencio asfixiante, como si la música estridente no lograra romper la quietud. Ni siquiera a medida que avanza la noche y el local empieza a llenarse, las canciones logran alterar esa energía estática. No hay rastro de bacanal ni la sensación de que la fiesta esté a punto de empezar.
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