Volver a casa
Algunos refugiados ucranianos han empezado a regresar a su país. Pero para otros ocho millones, el futuro sigue en el aire

Nos reunimos con Olena Zakharchenko, su marido y sus tres hijos cerca de Lukyanivka, donde el primer McDonald’s de Kyiv –dañado por ataques recientes– acaba de ser reparado. Según los vecinos, ha sido alcanzado ya nueve veces desde el inicio de la invasión a gran escala. El horror de los primeros días de la agresión rusa y los bombardeos en la zona obligaron a la familia Zakharchenko a huir al extranjero, ya que sus hijos no podían soportar más el estrés.
«Sales corriendo al balcón, ves que han impactado misiles y no sabes qué hacer: ¿agarras a los niños y corres al refugio o ya es demasiado tarde? Uno cerraba las ventanas, otro se subía la capucha y se escondía dentro, el tercero dejó de dormir por completo. Entonces lo vimos claro: teníamos que sacarlos de allí, al menos por un tiempo», recuerda Zakharchenko.
Su marido, Artem, consiguió un puesto de profesor a través de un programa de becas en la Universidad de Bremen. En Alemania, la familia Zakharchenko no recibió prestaciones sociales y alquiló una vivienda por su cuenta. Los tres hijos fueron a la escuela, incluido el mayor, Marko, de 17 años, a pesar de que ya se había matriculado en una universidad de Kyiv y había comenzado sus estudios en línea. En Alemania, se le exigió volver al instituto, por lo que tuvo que compaginar simultáneamente la universidad ucraniana y la escuela alemana. Mientras los hijos menores, de 16 y 14 años, trataban de adaptarse a la nueva vida, Marko nunca dejó de hablar de volver a casa.
«Decía que ya era suficiente, que Kyiv era su ciudad. Yo le respondía: “vas a cumplir 18 años y ya no podrás salir del país, porque en Ucrania se cerrarán las fronteras para ti”. Pero él estaba dispuesto a dejarnos y regresar a Kyiv caminando, si hacía falta», recuerda Zakharchenko.
Regresar por la educación
La familia Zakharchenko regresó a casa en la primavera de 2023, en pleno periodo de ataques nocturnos casi constantes con drones sobre Kyiv. Casi dos años después, se han adaptado a la vida en un territorio en guerra, aunque en en el barrio de Lukyanivka la tensión sigue muy presente.
Hoy, solo Olena y su hijo menor –que ahora tiene 16 años– pueden viajar al extranjero. Aun así, la familia percibe más oportunidades educativas en Ucrania que fuera del país. «En Alemania, los niños ucranianos quedan encasillados durante años en clases de nivel mixto, sin posibilidad real de avanzar», explica Zakharchenko. «Cuando terminas la escuela, solo puedes aspirar a profesiones de cualificación media; la universidad queda fuera de alcance. En cambio, tanto si estudias en Alemania como en Ucrania, puedes solicitar plaza en una universidad alemana. Pero si sales del sistema educativo ucraniano, es muy difícil recuperar ese nivel dentro de una escuela alemana».
Ella cree que, pese a todas las dificultades, la familia podría haber construido una nueva vida en Alemania. Pero en Ucrania ya tienen su mundo: su red social, sus amigos y su propio hogar, aunque la intranquilidad siga siendo constante y esté siempre al acecho.
Reunificando familias
Ksenia Gabdrakhimova también regresó a Ucrania, pero por una razón diferente: su marido se había quedado allí.
La guerra a gran escala dividió a su familia, como a la de miles de mujeres que tomaron a sus hijos, sus mochilas de emergencia y partieron hacia destinos diversos. Su hija de dos años tenía miedo de las sirenas. Tras conocerse los horrores de Bucha, Gabdrakhimova decidió marcharse a Chipre para refugiarse en casa de unos amigos voluntarios. Al principio ni siquiera solicitó el estatus de protección temporal. Pero la guerra se prolongaba y las noticias desde su tierra natal eran cada vez más insoportables. Con el paso del tiempo, Gabdrakhimova fue echando raíces en Chipre. Música de formación, empezó a trabajar como profesora para niños ucranianos y a participar activamente en los actos organizados por la comunidad ucraniana.
«Me fui al extranjero directamente desde la baja por maternidad, justo después de la cuarentena. Fue muy duro a nivel emocional. Esas clases se convirtieron en una terapia antiestrés para mí. Actué en la inauguración del centro cultural ucraniano, en actos benéficos. Incluso me ofrecí a bailar durante las protestas», recuerda Gabdrakhimova.
Mi alma encontró la paz
En la isla encontró amigos, creó una red de contactos, consiguió trabajo y descubrió una vocación. Pero su marido seguía en Ucrania. «Es muy difícil vivir así. Mi hija empezó a sufrir porque echaba muchísimo de menos a su padre. Pensé: “me fui de Ucrania para proteger la salud mental y la vida de mi hija, y resulta que está empezando a sufrir estrés de nuevo, ahora en Chipre, porque no está en casa”», cuenta Gabdrakhimova.
No oculta que volver a casa, después de tanto tiempo, fue aterrador. Las noticias que llegan por Telegram asustan más a quienes están en el extranjero que a quienes permanecen en Ucrania, acostumbrados poco a poco a vivir bajo los bombardeos.
«Fue extraño volver a ver el verde de los Cárpatos después de casi dos años de paisajes desérticos en Chipre. Pero, pese al largo viaje y al cansancio, mi alma encontró la paz. Sentí como si nunca me hubiera ido de Kyiv. Aquí, mi hija ha empezado a ir a la guardería. No hay mejor lugar en el mundo que el hogar», afirma Gabdrakhimova.
Construyendo una vida en el extranjero
La proporción de refugiados que planean regresar a Ucrania ha ido disminuyendo y, a finales de 2023, por primera vez, se situó por debajo de la mitad de los encuestados, según datos del Centro de Estrategia Económica (CES), un think tank con sede en Kyiv. «Quienes antes contemplaban un regreso definitivo han cambiado de opinión y ahora prefieren permanecer en el extranjero. Al mismo tiempo, algunos refugiados que planeaban volver a principios de 2024 ya lo han hecho», concluye el estudio del CES.
Las razones que frenan el regreso de los refugiados son, en su mayoría, bien conocidas: la inseguridad persistente, la incertidumbre sobre el futuro y los factores económicos. Entre ellos, las dificultades para encontrar empleo, el bajo nivel de vida y la destrucción o pérdida de la vivienda.
Además, según la demógrafa ucraniana Ella Libanova, el futuro de los hijos será un factor decisivo para muchos refugiados a la hora de elegir entre regresar o permanecer en el extranjero. Esta es una realidad objetiva. «Necesitamos explicar que, después de la guerra, esperamos recibir ayuda, que tenemos confirmaciones de un posible crecimiento de la inversión en Ucrania, que habrá empleos, salarios dignos.... Si no lo hacemos, nada funcionará. Quizás entonces regrese a casa menos de un tercio», advierte Libanova.
Reabrir las fronteras para las familias
Por ello, resulta clave mantener vivos los vínculos con quienes se han marchado al extranjero para que, tras la guerra y la reapertura de las fronteras para los hombres, las familias puedan reunirse de nuevo en Ucrania. El ministro de Unidad Nacional, Oleksiy Chernyshov, señaló que el Gobierno está creando centros de conexión en el exterior con el objetivo de ayudar a los ucranianos a no perder el contacto con su país.
«Trabajaremos para fomentar el regreso de algunos ciudadanos, pero debemos estar preparados para que una parte de los ucranianos permanezca en el extranjero. Hasta cierto punto, eso también es normal. Lo fundamental es que todos los ucranianos conserven su identidad y contribuyan al desarrollo de Ucrania. Estamos en contacto permanente con la diáspora: sueñan con volver, pero, naturalmente, solo en condiciones de seguridad y protección», afirmó Chernyshov, convencido de que al menos un tercio regresará una vez termine la guerra.
Pavlo Grod, presidente del Congreso Mundial Ucraniano, subrayó en una entrevista con la iniciativa cívica «Holka» que los ucranianos que permanezcan en el extranjero deberían implicarse activamente en la vida pública, incluso presentándose a cargos políticos en distintos niveles, para reforzar la defensa de los intereses de Ucrania, crear centros educativos y participar en iniciativas de apoyo a su país.
Dependiendo de la guerra
A mediados de 2024, alrededor de 30 millones de personas residían en los territorios controlados por el gobierno ucraniano, según datos de los operadores móviles Kyivstar, Vodafone y Lifecell citados por la demógrafa Ella Libanova. La evolución futura de esta cifra dependerá en gran medida de la duración de la guerra.
Libanova añade que, según Eurostat, la oficina estadística de la UE, a 1 de diciembre de 2023 unos 4,2 millones de ucranianos desplazados por la guerra se encontraban bajo protección temporal o con estatus de refugiado en los Estados miembros. Aproximadamente otro millón reside en países fuera de la UE –excluida Rusia–, con contingentes significativos en el Reino Unido, Estados Unidos y Canadá, además de comunidades más pequeñas en Argentina, Georgia y Moldavia.
Además, hay al menos tres millones de «migrantes laborales» que se marcharon antes de 2024 y han estado trabajando en el extranjero. En teoría, se suponía que estos llamados migrantes laborales regresarían periódicamente a Ucrania para luego volver a salir. En la práctica, muchos han obtenido permisos de residencia y se han convertido de facto en residentes en otros países. Aun así, siguen siendo contabilizados oficialmente como migrantes por motivos laborales.
«Esos tres millones de migrantes laborales, sumados a los cerca de cinco millones de migrantes de guerra, alcanzan un total de ocho millones de personas. Si se amplía el horizonte temporal y se incluyen los flujos laborales de más largo plazo, la cifra podría llegar hasta los nueve millones», señaló Libanova, subrayando que el porcentaje de ucranianos que regresará a casa dependerá en gran medida de cuándo concluya la fase activa de la guerra.