La perla del océano Índico
Treinta años después de su caída, Mogadiscio busca recuperar la apertura cosmopolita que la definió durante siglos

El 26 de enero de 2021 se cumplieron 30 años de la toma de Mogadiscio por las fuerzas de la oposición y del derrocamiento del gobierno de preguerra, en los albores de la guerra civil de Somalia. Décadas de conflicto han dejado innumerables cicatrices, visibles y ocultas, en la ciudad y sus habitantes. Esta antigua urbe africana, conocida en su día como la «perla del océano Índico», fue en el pasado un próspero enclave de los muchos sultanatos que florecieron en la costa de África Oriental. Conocida también como Xamar, su carácter abierto, su cosmopolitismo cotidiano y el atractivo de las oportunidades que ofrecía atrajeron durante un milenio a gentes del interior de Somalia y de más allá de sus fronteras.
Migrantes de todo Oriente Medio, especialmente del sur de Yemen, y del sur de Asia contribuyeron a la riqueza cultural y al encanto único que distinguía a Mogadiscio de otras ciudades de África Oriental. Algunos de aquellos migrantes trajeron consigo legados arquitectónicos en forma de alminares cilíndricos, similares a los que se pueden ver en las ciudades persas, complementados por los edificios locales de piedra de coral blanca que dominan la costa oriental africana.
En su apogeo, entre los siglos XIII y XVI, los cronistas árabes y portugueses describieron las ciudades de la costa de Benadir, y en particular Mogadiscio, como centros comerciales opulentos y poderosos. En la era moderna, Mogadiscio fue ocupada por los italianos, que colonizaron el sur de Somalia durante el «reparto de África» a finales del siglo XIX.
Durante la edad de oro de la música somalí, en las décadas de 1970 y 1980, Mogadiscio fue aclamada como el epicentro cultural de la región, gracias a su vibrante vida nocturna y a una floreciente escena artística. Este ambiente vio nacer, entre muchas otras, las melodías cautivadoras de las bandas Waaberi y Dur-Dur, cuyas notas llegaron a través de las ondas a audiencias cercanas y lejanas. Los conciertos, abarrotados cada noche, unían simbólicamente a somalíes de toda clase y condición en busca de ocio en el emblemático Hotel Al-Uruba y otros reputados establecimientos del casco antiguo de Xamar Weyne.
Esas historias no solo perviven en la memoria colectiva del pueblo de Mogadiscio, sino que también están grabadas en la arquitectura de aquellas épocas pasadas, especialmente en los barrios antiguos de Xamar Weyne y Shangani. La Mogadiscio de preguerra era una ciudad diversa, caracterizada por una decidida apertura al mundo. Dos décadas de guerra civil y una inseguridad persistente redujeron a escombros grandes extensiones de la ciudad e hicieron de Mogadiscio un sinónimo de anarquía. No obstante, la delicada estabilidad de la última década y el progreso en la reconstrucción han hecho la vida en la ciudad más cómoda para sus habitantes y más atractiva para otros, incluidos aquellos que alguna vez la consideraron su hogar.

Vista general de la mezquita más grande de Mogadiscio, la mezquita Ali Jimale. Foto: Tony Karumba | AFP
Historia de cuatro ciudades
Mogadiscio, como le dirán muchos de sus residentes, es una ciudad de contrastes marcada por una creciente desigualdad territorial, visible en la aparición de cuatro subciudades socioeconómicas. Existe la Ciudad 1 en Xalane, la «zona verde» segura cerca del aeropuerto, donde tienen su sede las misiones diplomáticas, humanitarias y de mantenimiento de la paz. Es una ciudad en sí misma, que solo unos pocos elegidos pueden visitar o habitar por motivos de seguridad. La Ciudad 2 es la «Xamar Cadey» (la Bella Xamar) de relucientes hoteles nuevos, cómodos apartamentos y villas junto a una creciente variedad de centros comerciales y zocos. Es la ciudad de la brisa marina, con playas de clase mundial y excelentes restaurantes que sirven platos italianos con un toque somalí.
Luego está la Ciudad 3, los numerosos barrios con difíciles condiciones de vida donde residen las clases trabajadoras y populares de Mogadiscio. Y más allá aún, se encuentra la Ciudad 4, los extensos campamentos de desplazados internos en las afueras, donde vive casi un millón de personas, en su mayoría procedentes de las regiones ribereñas del sur de Somalia. Conectando estas cuatro ciudades dentro de Xamar hay una red de carreteras, a veces rodeadas de muros de hormigón a prueba de explosiones y a menudo asoladas por el denso tráfico, los cierres de seguridad y los ataques violentos.
Ansiedades en una ciudad frenética
Aunque con frecuencia se utiliza el término «posconflicto» para describir la coyuntura actual, la realidad sociopolítica de Mogadiscio es la de un posconflicto emergente. Por un lado, sus habitantes siguen viviendo en condiciones de inseguridad derivadas de disputas locales, regionales y globales sobre el futuro de la ciudad y del país. Esto genera una ansiedad considerable, no solo por la amenaza constante de la violencia, sino también por las ambigüedades de un escenario político en permanente transformación. Debido al proceso de regionalización interna basado en clanes, una pregunta cada vez más presente es si Mogadiscio debería integrarse en un estado federado.
La frenética reconstrucción de la última década ha afectado el frágil patrimonio arquitectónico de la capital: se han demolido estructuras de gran valor histórico en los barrios antiguos para dar paso a una mezcla de edificios más altos y centros comerciales, una tendencia que genera preocupación entre muchos habitantes. Si los somalíes desean mantener el impulso de la reconstrucción nacional, el desarrollo económico deberá equilibrarse con un esfuerzo cuidadoso por construir una paz socialmente justa y duradera, lo que implica preservar también los vínculos tangibles con la vasta historia de Somalia.

Agentes de seguridad somalíes inspeccionan vehículos y viajeros en un control a las afueras de Mogadiscio. Foto: Tony Karumba | AFP
El resurgir de las cenizas
Durante la guerra civil de la década de 1990, Mogadiscio quedó dividida por una “línea verde” que separaba el norte y el sur de la ciudad. Fue escenario de una violencia fratricida entre clanes que causó la muerte y el desplazamiento de miles de personas, además de destruir gran parte de la infraestructura y la apertura que alguna vez la caracterizaron. A finales de la década de 2000, la mayoría de los habitantes de Xamar huyó ante la brutal ocupación etíope, que bombardeó la ciudad de manera indiscriminada. Desde entonces, Mogadiscio ha resurgido de las cenizas de décadas de destrucción bélica.
Dentro de la ciudad conviven personas provenientes de todas las regiones de los territorios somalíes del Cuerno de África, así como integrantes de la amplia diáspora somalí. En los cafés, es común escuchar a jóvenes conversando en distintos acentos y dialectos del somalí, además de inglés, sueco, neerlandés, francés, árabe y muchos otros idiomas. Asimismo, muchos refugiados somalíes que habían vivido en países vecinos se han reasentado recientemente en Mogadiscio. Y, como en el pasado, la ciudad vuelve a recibir un flujo pequeño pero creciente de refugiados de Oriente Medio –de Siria y Yemen, por ejemplo–, así como migrantes procedentes del sur de Asia (como Bangladés) y de África Oriental (incluida Kenia).
Hoy, Xamar resurge lentamente como un importante centro comercial y un punto de encuentro para personas, culturas e ideas en la región. Sin embargo, esta apertura renaciente no está, como se ha señalado, exenta de desafíos, ambigüedades y ansiedades. Como ciudad inmersa en un posconflicto emergente, Mogadiscio necesitará diálogo constante, apertura y hospitalidad si aspira a convertirse, una vez más, en la «Perla del Océano Índico».