Unos desconocidos ocupan mi piso, duermen en mi cama, tocan mi guitarra
¿Qué revela el intercambio de casas sobre el declive de la clase media? se pregunta el novelista italiano Francesco Pacifico
Sentí una tristeza anticipada que me acompañó durante semanas. Poco a poco fuimos vaciando la nevera, el dormitorio y el cuarto de baño, retirando objetos y haciendo pequeños cambios mientras preparábamos la llegada de los huéspedes. Habían reservado nuestro apartamento de Roma para cinco noches a través de una plataforma de intercambio de casas: unas veces los usuarios intercambian sus viviendas directamente; otras, acumulan puntos que pueden canjear más adelante por estancias en otros hogares. Nunca hay dinero de por medio. La plataforma, que asegura contar con más de 250.000 miembros repartidos por 155 países, se presenta como una comunidad global «basada en la confianza».
Vacié dos de mis cuatro cajones y un estante del armario. Sabía que los huéspedes también verían las demás baldas, así que doblé todo lo que parecía arrugado. Le quité el polvo a la mesita de noche y la despejé de trastos: retiré cuadernos, adaptadores USB, medicamentos para la digestión, gominolas de melatonina, blísteres de Xanax, frasquitos de aceites esenciales, pañuelos y mascarillas de papel que impregno con aceites y me pongo para aliviar la congestión mientras duermo. También vaciamos un estante del baño y escondimos los medicamentos con receta y nuestros juguetes sexuales.
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