Del hombre Marlboro al imperio de los ultraprocesados
Las tabacaleras podrían haber trasladado a la comida sus técnicas para diseñar productos irresistibles, explica The Week

Durante años, las compañías detrás de Marlboro y Camel también controlaron algunas de las mayores marcas alimentarias de Estados Unidos. En 1985, R. J. Reynolds compró Nabisco. Tres años después, Philip Morris adquirió Kraft Foods y más tarde incorporó también Nabisco. Los fabricantes de cigarrillos pasaron así a vender galletas, bebidas, aperitivos y meriendas infantiles.
Ahora, varias investigaciones publicadas en el American Journal of Public Health sostienen que las tabacaleras no se limitaron a comprar empresas alimentarias: también trasladaron a ellas parte de los conocimientos que habían desarrollado para hacer los cigarrillos más atractivos y difíciles de dejar.
La historia ya ha llegado a los tribunales. La ciudad de San Francisco ha demandado a once grandes compañías alimentarias –entre ellas Kraft Heinz, Nestlé USA y PepsiCo– por supuestamente «diseñar deliberadamente» productos irresistibles y ocultar sus riesgos para la salud, explica Los Angeles Times.
De los cigarrillos a las galletas
En los años ochenta, las tabacaleras disponían de grandes cantidades de efectivo, pero afrontaban una presión creciente por los daños a la salud asociados a sus productos. La compra de empresas como Kraft, Nabisco, General Foods, Del Monte o 7UP les permitió diversificar sus negocios y mejorar su imagen pública.
Además, les abrió un nuevo mercado en el que aplicar décadas de investigación sobre el comportamiento del consumidor. Según los documentos internos estudiados por varios investigadores, las compañías habían aprendido a utilizar aditivos, aromas y combinaciones químicas para conseguir que fumar resultara más placentero y adictivo.
«Aplicaron deliberadamente esos conocimientos a la fabricación de alimentos», resume The Week. Así proliferaron productos cargados de azúcares añadidos, grasas, sal y aromas artificiales, diseñados para proporcionar una gratificación inmediata.
Los investigadores hablan de alimentos «hiperpalatables»: productos que combinan carbohidratos, grasas o sal en proporciones capaces de intensificar el placer y favorecer el consumo repetido. Un estudio citado por The Atlantic concluyó que, entre 1988 y 2001, los alimentos fabricados por compañías controladas por tabacaleras tenían muchas más probabilidades de ser hiperpalatables que los de sus competidores.
El almuerzo del hombre Marlboro
Uno de los ejemplos más llamativos es Lunchables, las bandejas con pequeñas porciones de embutido, queso, galletas y dulces destinadas a los niños. Philip Morris compró Kraft en 1988, poco antes de que la marca se lanzara en todo Estados Unidos.
La estrategia recurría a investigaciones psicológicas destinadas a «abrir el capó» del consumidor y descubrir «sus deseos y necesidades inconscientes». Lunchables se diseñó para satisfacer en los niños el deseo de «independencia, autonomía y juego», subraya la revista.
El marketing completaba la fórmula. «Los niños son muy, muy vulnerables a esta clase de mensajes», afirma un experto en márketing. «El objetivo es enganchar al consumidor a la edad más temprana posible porque, a medida que crece, la empresa ya ha instalado en él la fidelidad a la marca».
Hoy, los ultraprocesados representan alrededor del 70% de los alimentos envasados vendidos en Estados Unidos y el 62% de las calorías consumidas por los niños, según los datos recogidos por The Week. Entre los adultos, constituyen más de la mitad de lo que se consume en el hogar.
¿Una adicción como otra cualquiera?
La evidencia científica sobre los efectos negativos del tabaco es mucho más sencilla: los cigarrillos causan cáncer y otras enfermedades, y no existe una dosis saludable. En alimentación, en cambio, los riesgos dependen de la cantidad, la frecuencia y el conjunto de la dieta.
Aun así, los ultraprocesados se han relacionado con la obesidad, la diabetes, las enfermedades cardiovasculares, algunos tipos de cáncer y el deterioro cognitivo. Las enfermedades vinculadas a la dieta están asociadas a alrededor de un millón de muertes anuales en Estados Unidos, según las estimaciones citadas por The Atlantic.
Según Cindy Leung, profesora de Nutrición en Harvard, las personas con una dieta rica en ultraprocesados presentan un riesgo un 58% mayor de desarrollar demencia y un 46% mayor de padecer deterioro cognitivo leve. El problema es que aunque los datos sugieren una asociación entre ambos fenómenos, no prueban por sí solos que estos alimentos sean la causa principal.
Dejar de fumar era más fácil
Pese a todo, algo parece estar cambiando en el país de los ultraprocesados. Robert F. Kennedy Jr., el controvertido secretario de Salud de Estados Unidos, ha convertido estos productos en uno de los principales enemigos de su movimiento Make America Healthy Again. Desde su llegada al cargo, ha impulsado la eliminación de algunos colorantes sintéticos y ha permitido que varios estados prohíban comprar refrescos con los programas públicos de ayuda alimentaria.
Se trata de un paso tímido e insuficiente, recalca en The Atlantic la catedrática en nutrición Marion Nestle, pero por lo menos el debate ha dejado de centrarse en la supuesta falta de voluntad individual para señalar «al verdadero culpable, que es la industria alimentaria que fabrica, vende y promociona estos productos, especialmente entre los niños».