¿Hacia una ciencia sin científicos?
La IA ya es capaz de formular hipótesis, diseñar experimentos y redactar resultados. ¿Qué papel le queda a la comunidad científica?

Con los avances de la inteligencia artificial, ¿sigue importando quién lleva a cabo una investigación científica? La respuesta intuitiva es que un hecho es un hecho, independientemente de quién lo descubra. Pero el conocimiento científico no se transmite de una manera tan sencilla. La mayoría de las afirmaciones científicas nos llegan sin que podamos comprobarlas por nosotros mismos, de modo que tendemos a juzgar no tanto su contenido como la credibilidad de quien las respalda. Como ha demostrado Steven Shapin, historiador de la ciencia de la Universidad de Harvard, la producción de verdades científicas siempre ha estado estrechamente ligada a la capacidad de convencer a los propios colegas.
Mi investigación sobre movilidad científica, realizada hace un cuarto de siglo, apuntaba a la misma conclusión desde otra perspectiva. En la ciencia, la reputación no depende solo de las ideas: se concentra en un reducido número de instituciones, departamentos y laboratorios cuyo prestigio otorga credibilidad a todo lo que surge de ellos. Un científico que abandona un centro de referencia se lleva consigo parte de ese prestigio y, en las condiciones adecuadas, puede convertir a la institución que lo acoge en un nuevo polo de atracción.
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