Anne Carson, la helenista que escuchaba el viento
La prensa internacional celebra el Nobel a una autora inclasificable que ha convertido la filología griega en literatura contemporánea

Cuando Ingrid Carlberg, secretaria permanente de la Academia Sueca, telefoneó a Anne Carson para comunicarle el premio, la poeta canadiense estaba de viaje. «Le dio tiempo a decirme que estaba en Islandia, escuchando el viento», contó Carlberg, según recoge The Guardian. «La pilló por sorpresa, pero estaba muy contenta. Lo noté en su voz». La reacción de Carson ante la cadena pública islandesa RÚV fue menos protocolaria. «Creo que están todos locos», dijo. Después añadió una reflexión: «La poesía es probablemente más útil que la prosa ahora, porque todo el mundo tiene prisa. Es buena porque es breve. Excepto Homero. Homero no es breve».
La Academia ha premiado a la autora de 76 años por «su obra audaz e inventiva que, en un diálogo lúdico con la tradición clásica, ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea». En su argumentación, el comité explica que casi toda su obra nace «en la intersección entre la obsesión del filólogo por las palabras y el deseo del poeta de encontrar un nuevo sentido».
De Milton a los clásicos
Nacida en Toronto en 1950 e hija de un banquero, Carson creció en varios pueblos de Canadá. The Globe and Mail recuerda que abandonó dos veces sus estudios en la Universidad de Toronto: una asignatura obligatoria sobre Milton fue motivo suficiente para dejarlo. Pese a todo, acabó dando clases de lenguas clásicas en Princeton, la Universidad de Nueva York y McGill.
Su debut fue un ensayo, Eros the Bittersweet (1986), que, según una crítica de Boston Review, «dejó atónita a la comunidad de los clásicos como obra de erudición griega». Pero la consagración llegó en 1998 con Autobiografía de Rojo. The Globe and Mail la describe como «a la vez novela y poema»: una recreación nada convencional de un mito griego y, al mismo tiempo, una historia de iniciación ambientada en el presente. En la obra, Gerión, el monstruo rojo y alado al que mata Heracles, se convierte en «un adolescente moderno que se enfrenta al desamor y al deseo».
Un género propio
Lo que más destaca la prensa es la imposibilidad de clasificarla. En el Süddeutsche Zeitung, el crítico Lothar Müller habla de una elección «notable y valiente». La describe como una autora que se mueve «en la tierra de nadie entre las formas conocidas de la escritura» y que, como autora de novelas en verso y artista de performance, «pone a bailar los mitos y el saber de todas las épocas».
The Guardian considera Nox (2010) especialmente representativo de su vanguardismo: una caja que contiene un libro plegado en acordeón y reproduce el cuaderno que Carson hizo tras la muerte de su hermano. Con La belleza del marido, en 2001, se convirtió en la primera mujer en ganar el premio T. S. Eliot. El diario recupera también un elogio que le dedicó Susan Sontag: «Es una de las pocas escritoras en inglés de las que leería cualquier cosa».
Carson nunca ha idealizado su método. Preguntada por qué salta de una forma a otra, respondió: «Aburrimiento, supongo. Hay una inquietud. Hay muchas formas que probar». Y en 2018 admitía, según recoge el periódico británico, que su obra «se desmorona mucho» y que a veces «se vuelve demasiado rara para que a nadie le importe leerla».
En 2024, Carson reveló en la revista London Review of Books que padece párkinson. La enfermedad afecta profundamente a su escritura a mano y, con ello, entorpece su proceso creativo. «Es difícil describir o explicar la vergüenza de una mala caligrafía», escribió.
Orgullo tardío
En Canadá, el primer ministro, Mark Carney, escribió que Carson «ha reinventado los clásicos» y «transformado nuestra manera de pensar la literatura», y celebró el galardón como un «momento de orgullo para Canadá». Un homenaje que, para muchos, se ha hecho esperar. «La Academia llega tarde», titulaba desde Suecia Svenska Dagbladet.
La tardanza tiene cierta ironía, también en el propio Canadá. The Globe and Mail rescata de su hemeroteca una respuesta de Carson del año 2000, cuando todavía no había recibido ningún gran premio en su país. Le preguntaron por qué tenía más lectores en Estados Unidos que en Canadá. Su respuesta resultó premonitoria: «Es típico de los canadienses. Tienes que ganar premios fuera del país antes de que te reconozcan».