El arte de apilar libros en la mesilla de noche

El arte de apilar libros en la mesilla de noche

En Japón, el «tsundoku» no alude a un vicio exótico, sino a una forma muy reconocible de convivir con lo que aún no hemos leído

Página Internacional

En japonés, tsundoku (積読) es una pequeña joya lingüística para lectores culpables. Designa la costumbre de comprar libros y dejarlos apilados para leerlos más tarde, «o quizá para no leerlos nunca», explica la BBC. No es lo mismo que bibliomanía, advierte el medio británico. Mientras esta última hace referencia a la obsesión por coleccionar libros, el tsundoku conserva la «intención de leerlos», aunque esa intención acabe produciendo una acumulación accidental.

El profesor que no leía

El término surgió a finales del siglo XIX y deriva de tsunde-oku, literalmente «apilar algo y dejarlo ahí», añade el Huffington Post. Su primera aparición escrita data de 1879, con la expresión tsundoku sensei, probablemente satírica, referida a «un profesor que tiene muchos libros, pero no los lee». Hoy, explica el digital, el vocablo funciona casi como una declaración de amor al libro.

Para algunos japoneses, señala la publicación, la palabra expresa una «encantadora rareza»; para otros, «procrastinación» o «exceso de consumo». Uno de los expertos consultados dice que puede ser ambas cosas: positiva si uno «no puede ignorar el impulso de comprar cualquier libro que le hable», porque eso forma parte de «una actividad intelectual»; negativa si quien compra no es un verdadero amante de los libros y simplemente aplaza lo que debería leer por trabajo o deber.

En cualquier caso, el tsundoku puede generar culpa, explica la escritora Chiko Ishii en una larga entrevista publicada por Asahi Shimbun con motivo de su libro Tsundoku no hon. «Ante los libros que se acumulan uno tras otro, un pinchazo de culpa en el pecho», arranca la obra, que encadena algunas frases que resumen toda una psicología del lector contemporáneo: «Quiero leer», «pero no puedo», «y, aun así, ya hay otro libro que quiero leer después».

Ishii cuenta que, antes de hacer sus entrevistas, también sentía esa «pequeña presión», como si «los lomos de los libros no leídos te miraran». Después de hablar con otros grandes acumuladores, esa culpa «se fue debilitando». «Si en casa solo hubiera libros ya leídos, solo existiría el mundo que uno ya entiende. Eso sería aburrido», le dijo un librero.

Libros que miran

La escritora sugiere que el término «tiene algo de yōkai», de criatura o espíritu. En una cultura que tiende a «dar personalidad a las cosas» y a tratarlas como si tuvieran vida, la pila de libros adquiere un carácter casi orgánico. No es simplemente una acumulación material. «Ya está conectada contigo», dice otro de los entrevistados. Aunque no los hayas leído, esos libros mantienen una relación con su dueño.

Quizá esa sea la idea más llamativa del pensamiento japonés: no hace falta haber leído un libro entero para que forme parte de tu vida. La propia Ishii sugiere que, con ciertos ensayos o libros de poesía, no tiene mucho sentido aplicar la lógica del «de principio a fin». Leer un párrafo, hojear un capítulo, reencontrarse años después con un título olvidado también cuenta como lectura. El tsundoku, en ese marco, no es lo contrario de leer. Es una de sus formas imperfectas.

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