Corea del Norte ya tiene la bomba. Ahora quiere muchas más
Kim Jong-un quiere acumular suficientes armas para que nadie vuelva a hablar de desnuclearización

El 7 de septiembre, el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) reveló que Corea del Norte ha construido una nueva instalación de enriquecimiento de uranio en el complejo nuclear de Yongbyon, un hecho ante el que expresó una «profunda preocupación».
«Esta nueva ampliación del programa nuclear norcoreano con fines bélicos constituye una flagrante violación de las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas», advirtió entonces el director general del OIEA, Rafael Grossi.
«Según el informe del OIEA, elaborado a partir del análisis de imágenes satelitales, la planta podría albergar hasta 28 cascadas de centrifugadoras destinadas al enriquecimiento de uranio», señala el periódico británico The Guardian.
Una fábrica para muchas más bombas
En junio, durante una visita al complejo de Yongbyon, el líder norcoreano Kim Jong-un declaró que la capacidad del país para fabricar armamento nuclear se había más que duplicado en el último lustro.
«En los últimos años, Corea del Norte ha registrado enormes avances en el desarrollo de misiles balísticos y armas atómicas», prosigue el diario británico, «y su meta actual es ser reconocida como potencia nuclear por la comunidad internacional». En septiembre de 2023, Pionyang reformó su Constitución para dejar constancia explícita de su condición de Estado con armamento nuclear.
«Desde 2017, fecha de su último ensayo nuclear, el régimen norcoreano ha llevado a cabo múltiples pruebas de misiles de largo alcance», añade la cabecera. «Ya en 2020, en un informe presentado ante el Consejo de Seguridad de la ONU, un panel de expertos independientes confirmó que Corea del Norte “posee ya dispositivos nucleares miniaturizados susceptibles de instalarse en las ojivas de sus misiles balísticos”».
A partir de un análisis de 2025 del Centro James Martin para Estudios de No Proliferación, con sede en Estados Unidos, el diario surcoreano Chosun Daily destaca que «las 28 nuevas cascadas de Yongbyon, integradas por 4.592 centrifugadoras, permitirán generar alrededor de 85 kilos anuales de uranio altamente enriquecido de uso militar, un volumen suficiente para ensamblar entre tres y cuatro ojivas atómicas».
Por su parte, la agencia Reuters recuerda que, en agosto, el ministro de Defensa surcoreano, Ahn Gyu-back, declaró –apoyándose en estimaciones de centros de investigación independientes– que «Corea del Norte dispondría de entre 80 y 120 cabezas nucleares». La víspera, en una intervención desde la Casa Blanca, el presidente estadounidense Donald Trump había barajado una cifra más reducida: 57.
La lección de Irán
«El régimen norcoreano ha reiterado en innumerables ocasiones que las armas nucleares representan un elemento de disuasión vital para su propia supervivencia, y los acontecimientos recientes en Irán no han hecho sino reafirmar su postura», comenta la cadena pública alemana Deutsche Welle.
«Sin embargo, pese a la veloz expansión del arsenal norcoreano, Estados Unidos considera sumamente improbable que el régimen recurra a estas armas con fines ofensivos, habida cuenta de la descomunal capacidad de disuasión que despliegan las fuerzas estadounidenses y sus aliados».
A juicio de The Guardian, «el verdadero debate ya no gira en torno a si Corea del Norte dispone o no de armas atómicas, sino a por qué pretende acumular tantas». «Los estrategas militares sostienen que Kim está convencido de necesitar un arsenal colosal para blindarse frente a Estados Unidos y sus aliados en Asia Oriental, en particular Corea del Sur y Japón», detalla el periódico.
«Además, el conflicto en Irán ha corroborado lo que Pionyang sostiene desde hace tiempo: que los Estados carentes de un arsenal nuclear plenamente operativo quedan desprovistos de disuasión y expuestos a una ofensiva enemiga».
Según explicó Lee Ho Ryung, analista del Instituto de Análisis de Defensa de Corea (KIDA), en declaraciones a The Guardian, «el auténtico propósito de Pionyang radica en alcanzar tal potencia nuclear que obligue a Washington a tomarla en serio y convenza a la comunidad internacional de que la desnuclearización ya es inviable en el caso norcoreano», puesto que su estatus de potencia nuclear ha pasado a ser irreversible.
El mundo vuelve a armarse
El auge del arsenal norcoreano se enmarca en una escalada global de la producción de armamento nuclear. De acuerdo con el informe anual del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), publicado en junio, las nueve potencias nucleares de facto –Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia, China, India, Pakistán, Corea del Norte e Israel– están expandiendo y modernizando sus arsenales atómicos, lo que incrementa la amenaza mundial.
«Los Estados recurren cada vez más al armamento nuclear como palanca de poder geopolítico, desbaratando décadas de avances en reducción de arsenales mientras se disparan los peligros de escalada y de errores de cálculo», advierte el SIPRI. «Del inventario global de ojivas nucleares existentes, estimado en 12.187 unidades, 9.745 se hallan en condiciones de empleo inmediato. De estas, entre 2.100 y 2.200 se mantienen en estado de alerta operativa máxima montadas en misiles balísticos», puntualiza el instituto.
«Buena parte de los mandatarios internacionales defienden que las armas nucleares ofrecen una salvaguarda inexpugnable frente a posibles agresiones externas. En la práctica, supeditar los esquemas de defensa y seguridad a las armas atómicas entraña riesgos muy superiores», asevera el director del SIPRI, Karim Haggag, para quien «los peligros se agravan por obra de las innovaciones tecnológicas bélicas, el retroceso en los mecanismos de control armamentístico y la agudización de las tensiones geopolíticas».
En febrero de 2026, Estados Unidos y Rusia –que poseen conjuntamente el 83% de las ojivas nucleares del planeta– empeoraron este panorama al permitir que expirara el tratado bilateral Nuevo START para el control y la reducción de las armas nucleares estratégicas.
El miedo a la bomba se desvanece
«Los principales líderes mundiales ya no le temen al conflicto atómico», rezaba un titular del semanario británico The Economist, en alusión a Donald Trump, Vladímir Putin y Xi Jinping.
Tras subrayar que el miedo a un holocausto nuclear evitó catástrofes en múltiples ocasiones durante la Guerra Fría, el semanario británico argumenta que «el problema estriba en que hoy las grandes potencias no se muestran suficientemente alarmadas por sus propios arsenales. Washington, Moscú y Pekín avanzan con determinación en la modernización y el ensanchamiento de sus capacidades atómicas, al tiempo que rehúyen cualquier negociación relativa al control de armas».
«A lo largo de su segundo mandato, Trump ha intentado comercializar tecnología nuclear con socios estratégicos como Arabia Saudí o Corea del Sur, rebajando las exigencias de control y garantías vigentes en épocas anteriores», destaca el semanario. «China, a su vez, ha rechazado la posibilidad de entablar negociaciones a tres bandas con Estados Unidos y Rusia sobre desarme nuclear, alegando que su arsenal, aun en vertiginoso crecimiento, dista mucho de alcanzar la magnitud de los de Washington o Moscú. Asimismo, Pekín se muestra hoy menos proclive que hace una década a respaldar sanciones internacionales contra los planes nucleares de Irán o Corea del Norte».
«Sin embargo, la transformación más desconcertante proviene de la Rusia de Putin», abunda la revista. «En lugar de perseguir un horizonte libre de armamento atómico, Putin esgrime el chantaje nuclear y la política del abismo para intimidar a la comunidad internacional y forzar a que su Estado mafioso y en quiebra sea tratado como si todavía fuese una superpotencia».
Y concluye: «La Guerra Fría fue un periodo repleto de barbarie y horrores. Con todo, de cuando en cuando, el terror a una aniquilación planetaria inspiraba a los gobernantes a mostrar altura de miras. Los mandatarios que hoy dirigen Estados Unidos, China y Rusia también albergan temores, pero con demasiada frecuencia se trata de miedos mezquinos y miradas ensimismadas. ¿Salvar el mundo? Que se encargue otro».