El mundo echará de menos la hipocresía occidental
La ruptura del orden liberal revela que, sin la «ficción» de los principios, el poder se vuelve más crudo y difícil de contener
El mes pasado, el primer ministro canadiense Mark Carney subió al estrado del Foro Económico Mundial en Davos y lanzó un diagnóstico incómodo sobre el orden internacional. Durante décadas, sostuvo, las potencias occidentales prosperaron apelando a un sistema basado en reglas que sabían imperfecto –e incluso hipócrita–. Invocaban ideales liberales mientras se reservaban excepciones; defendían el libre comercio, pero lo aplicaban con pragmatismo selectivo; hablaban el lenguaje del derecho internacional y de los derechos humanos, aunque lo hicieran con una vara desigual para aliados y adversarios.
«Participábamos en los rituales y, en gran medida, evitábamos señalar la distancia entre la retórica y la realidad», admitió Carney. Aquel arreglo resultaba soportable porque ofrecía estabilidad y porque el poder estadounidense, pese a sus dobles estándares, seguía proporcionando los bienes públicos de los que dependían otras democracias occidentales. Pero, advirtió Carney, «ese pacto ya no funciona».
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