¿Cuánto acierta The Economist?
Se equivocó con China, Irak y Trump, pero vio venir a Putin. El semanario somete sus editoriales al escrutinio del tiempo

La voz editorial de The Economist ha sido comparada alguna vez con «la voz de Dios». No siempre como elogio. Ahora es el propio semanario británico quien se somete a examen y se pregunta: «¿Cuánto acertamos cuando intentamos predecir el futuro?».
La respuesta, después de someter veinte años de editoriales a una auditoría con inteligencia artificial, es menos humillante de lo que desearían sus detractores y menos gloriosa de lo que convendría a una divinidad. The Economist se equivoca. A veces de forma aparatosa. Pero no siempre. Y, según su propio experimento, menos de lo que su leyenda de «indicador contrario» sugiere.
En 1999 pronosticó que el petróleo caería hasta los cinco dólares por barril, desde los diez dólares a los que cotizaba entonces. Aquellos diez dólares resultaron ser un mínimo generacional y el precio se multiplicó por más de diez en la década siguiente. En 2013 anunció un pico de la demanda mundial de petróleo que todavía no ha llegado. Y este abril sostuvo que los mercados vivían en «La La Land» respecto a la guerra en Irán y predijo una subida del crudo. Desde entonces, los precios han caído alrededor de un tercio. «Quizá el oro negro sea nuestra bestia negra», concede la revista.
El fiscal se llama GPT-5.5
Para comprobar si esos errores eran la norma o solo los casos más recordados, The Economist tomó unos 7.000 editoriales publicados desde 2000 y los introdujo en GPT-5.5. El modelo debía identificar cuáles contenían una predicción falsable sobre el futuro como parte de su tesis principal. Encontró cerca de 1.400.
Después, la inteligencia artificial evaluó dos aspectos: hasta qué punto cada predicción se alejaba del consenso del momento y hasta qué punto resultó acertada. Ambas puntuaciones iban de cero a diez. El ejercicio se repitió varias veces y el semanario tomó la media.
El resultado tranquilizó a la redacción, «al menos para quienes nos ganamos la vida escribiendo –y ocasionalmente prediciendo– en The Economist», subraya el medio, famoso por firmar todos sus artículos de forma colegiada.
Las predicciones más alineadas con el consenso solieron acertar más. Cuando la revista dijo en 2007 que Vladímir Putin seguiría siendo el verdadero gobernante de Rusia, acertó, pero no estaba precisamente sola. Era una visión extendida.
En cambio, las apuestas más alejadas de la opinión dominante fueron más arriesgadas y menos precisas. La predicción de abril sobre la subida del petróleo fue una de esas apuestas: audaz, minoritaria y errónea.
Pero hay una zona intermedia en la que el semanario se defiende mejor. Cuando sus editoriales no eran ni cómodamente convencionales ni extraordinariamente temerarios, sus predicciones tuvieron, según la IA, «probabilidades consistentemente mejores que el azar» de acertar.
El caso de Bitcoin sirve de ejemplo. En 2013, The Economist sostuvo que la criptomoneda tenía futuro, una posición moderadamente heterodoxa entonces. Desde aquel texto, el valor de Bitcoin ha subido más de un 60.000%.
Tecnología: entusiasmo y tropiezos
En 2002 declaró que los teléfonos inteligentes serían el futuro de la computación. En 2008 anticipó que algo parecido al streaming devoraría los DVD. Y en 2011 advirtió de que una oleada de coches chinos llegaría a Occidente.
En otras ocasiones, quizá la revista simplemente se haya adelantado demasiado. Las redes eléctricas distribuidas, el bioetanol barato, los estándares abiertos para redes sociales y la realidad aumentada no han producido, al menos por ahora, las revoluciones que imaginó.
En política internacional, The Economist creyó la afirmación falsa de que Sadam Husein escondía armas de destrucción masiva, pero en 2003 acertó al dudar de que Putin fuera un verdadero demócrata. También coqueteó con la idea de que el Partido Comunista chino pudiera ceder terreno en reformas democráticas, una expectativa que el tiempo se encargó de desmentir.
En Estados Unidos acertó al pronosticar que Ted Cruz no ganaría las elecciones de 2016, aunque por la razón equivocada. Pensó que sus gestos combativos alejarían a los moderados. Donald Trump ofreció una alternativa aún más furiosa y, aun así, derrotó a Hillary Clinton.
El covid y el aterrizaje suave
En lo que respecta a la pandemia, el semanario reivindica varios aciertos. A finales de enero de 2020, antes de los confinamientos, alertó de que el coronavirus se extendería por el mundo. A finales de febrero dijo que se convertiría en pandemia. En las semanas siguientes, las bolsas cayeron un 25%.
Cuando el estímulo pandémico alimentó la inflación en 2022, The Economist predijo una subida de tipos mucho más intensa de la que descontaban la Reserva Federal o los mercados de bonos. Acertó. Después apostó por que ese endurecimiento provocaría una recesión. Esta vez falló: la economía mundial logró un «aterrizaje suave» mientras la inflación regresaba, en gran medida, a niveles normales.
The Economist sigue prediciendo, cada semana, desde su tribuna global. El semanario espera que el fuerte endeudamiento del mundo rico termine en un «desorden inflacionario», que la inteligencia artificial provoque una disrupción económica y política «sísmica» y que la población mundial alcance su pico décadas antes de lo que prevén las proyecciones oficiales.
¿Cómo acabarán esas apuestas? El propio semanario recurre a la célebre frase atribuida a Zhou Enlai sobre los efectos de la Revolución Francesa: «Aún es demasiado pronto para decirlo».