La mili filosófica de Francia
Cada junio, medio millón de alumnos se examina sobre la felicidad, el deseo o la verdad, en un auténtico acontecimiento nacional

Esta semana, Francia se ha enfrentado a dos preguntas fundamentales: «¿Podemos ser felices cuando los demás no lo son?» y «¿Somos dueños de nuestras palabras?». No eran cuestiones planteadas en televisión a propósito de la guerra, la política o el Mundial, sino los temas del examen de Filosofía del bachillerato, una prueba que más de medio millón de estudiantes de diecisiete y dieciocho años comenzaron a la misma hora en todo el país.
«Desde las ocho de la mañana y en plena ola de calor, 530.000 alumnos dispusieron de cuatro horas para desarrollar una de las dos preguntas propuestas o comentar un fragmento de Humano, demasiado humano, la obra publicada por Friedrich Nietzsche en 1878», relata Libération.
Los estudiantes de la rama tecnológica tuvieron derecho a sus propios dilemas: «¿Debatir es buscar la verdad?» y «¿Puede la técnica ser mala?». Como alternativa, podían analizar un texto sobre la justicia del filósofo y antropólogo francés Paul Ricœur.
La prueba ocupa un lugar tan singular en la vida pública francesa que los periódicos abren retransmisiones en directo para comentar los enunciados, junto a las últimas noticias sobre Irán o Ucrania. Después, filósofos, escritores y profesores desfilan por radios y televisiones para explicar cómo habrían respondido ellos.
Una pregunta sobre Francia
«Para mí, el examen de Filosofía lo dice todo sobre quiénes somos», afirma en The New York Times el ministro de Educación, Édouard Geffray. La prueba, explica, refleja «un país que ha decidido situar el examen de opiniones contrapuestas y el debate en el corazón de la educación».
Napoleón introdujo la Filosofía en los institutos en 1809. En un primer momento, la asignatura debía formar a los futuros administradores del Estado, explica Bruno Poucet, profesor emérito de Historia de la Educación. Pero adquirió un significado diferente en la década de 1880, cuando Francia consolidó la Tercera República y trató de reducir la influencia de la Iglesia católica en las escuelas.
«La República se estaba emancipando, así que iba a apoyarse en la Ilustración para liberarse, intelectual y políticamente, del peso de la Iglesia católica», resume Poucet. Desde entonces, todos los estudiantes franceses –salvo quienes cursan enseñanzas profesionales– estudian Filosofía durante el último año de instituto.
El servicio militar de las ideas
Anne-Sophie Moreau, editora de Philosophie Magazine, compara el examen con el servicio militar. Es una experiencia común por la que deben pasar casi todos los franceses. «Es la idea de que hay que atravesar esta reflexión colectiva sobre los valores –sobre la justicia, la libertad, qué es un Estado o qué es la democracia– para convertirse en un buen ciudadano», explica.
Las preguntas se apoyan en diecisiete grandes conceptos, entre ellos la libertad, la justicia, la verdad, el lenguaje, el trabajo y la felicidad. Los profesores pueden organizar el curso con bastante libertad y elegir el temario de entre una extensa lista de filósofos.
The New York Times visitó un aula francesa para comprobar de primera mano ese apego nacional por las ideas. Allí, el profesor Nicolas Franck plantea una pregunta aparentemente sencilla: «¿Por qué trabajamos?». Un estudiante responde que se trabaja para ganarse la vida. «Si se trata únicamente de ganarse la vida, ¿por qué hay personas que ganan más de lo que necesitan?», replica Franck. «Tiene que haber algo más».
Durante dos horas, la conversación saltó de Blaise Pascal –para quien el trabajo distraía al ser humano de la conciencia de su propia mortalidad– a Karl Marx, que sostenía que, al transformar la materia mediante el trabajo, las personas también se transforman a sí mismas.
Franck explica a sus alumnos que sus «convicciones y prejuicios» constituyen la materia prima de su labor como docente. «Al enseñaros, os estoy transformando. Ese es el trabajo que estoy haciendo ahora». El objetivo no es memorizar doctrinas, sino aprender a pensar. «Lo que más importa es la capacidad del individuo para comprender y apropiarse de las ideas», afirma.
La edad de complicarlo todo
Uno de sus alumnos asegura que la asignatura ha «cambiado completamente» su manera de percibir el mundo. Las cosas que antes consideraba evidentes se han vuelto más complicadas. La pregunta que lo persigue ahora es «¿quién soy?». «Mis padres me pusieron un nombre y heredé el apellido de mi familia», explica. «Al final, lo único que realmente nos representa y construye nuestra verdadera identidad es nuestro trabajo: lo que hacemos, lo que creamos».
Pero además de abrir horizontes metafísicos, la Filosofía sigue siendo una de las asignaturas más temidas del bachillerato. En 2025, la nota media fue de 10,8 sobre 20, unos 2,3 puntos por debajo del promedio general.
El día del examen, muchos franceses recuerdan –con entusiasmo o con cierta amargura– su propia experiencia. «Para mí fue una revelación increíble», cuenta el ministro Geffray. Su jefe de prensa admite que era «un caso perdido» y que apenas obtuvo un ocho sobre veinte. El policía que vigilaba la entrada del instituto confiesa que suspendió. Por eso, bromea, acabó entrando en la policía.
«La nota es tomada de una manera muy personal», explica Frédéric Worms, director de la Escuela Normal Superior de París. «Te están evaluando por pensar sobre las preguntas más profundas de la vida». Cuando les explica a los taxistas cuál es su profesión, estos le cuentan invariablemente la nota que obtuvieron en Filosofía en el bachillerato. No es extraño, sostiene Worms: pocas materias se ocupan de cuestiones tan íntimamente ligadas a la condición humana. Porque, al fin y al cabo, «si no eres capaz de explicar el sentido de la vida, ¿quién eres?».