La mano que prende los bosques
Nueve de cada diez incendios forestales tienen origen humano. El calor extremo hace el resto

El verano está siendo especialmente duro para los bosques del sur de Europa. En España han ardido unas 153.000 hectáreas desde comienzos de 2026, unas seis veces más que en el mismo periodo del año anterior, según datos oficiales. En Francia, con un récord de más de 116.000 hectáreas calcinadas y el fuego a las puertas de Burdeos, el presidente Emmanuel Macron ha advertido de que el país afronta su «situación más difícil» desde la Segunda Guerra Mundial, recoge Le Monde.
Tampoco París se ha librado del susto. En Fontainebleau, a apenas 50 kilómetros del Louvre, dos incendios declarados los días 12 y 13 de julio arrasaron más de 2.000 hectáreas, alrededor del 10% del bosque.
Casi nueve de cada diez incendios forestales tienen origen humano. Algunos empiezan por una colilla, una barbacoa, una línea eléctrica o un trabajo agrícola. Otros, directamente, por un pirómano. Desde comienzos de 2026, unas 60 personas han sido detenidas en Francia en investigaciones relacionadas con incendios intencionados o accidentales.
En 2025, los incendios deliberados fueron la principal causa identificada en Francia, con el 29% de los casos. Les siguieron los fuegos involuntarios relacionados con actividades profesionales (20%) y los provocados accidentalmente por particulares (19%), según el periódico francés.
Los pirómanos son minoría
Le Monde cita al psiquiatra Laurent Layet, especialista en piromanía: «De quienes cometen incendios provocados, solo entre el 3% y el 5% son clasificados como pirómanos». La piromanía, explica, es un trastorno del control de impulsos marcado por una atracción patológica por el fuego y por el paso al acto sin otra motivación aparente.
La mayoría de quienes prenden fuego lo hacen por otros motivos: venganza, ajustes de cuentas, conflictos vecinales, diversión o para despejar ilegalmente un terreno. En 2000, el mayor incendio jamás registrado en Córcega, en Vivario, comenzó con una piña encendida durante una rivalidad entre dos grupos de cazadores de jabalí.
Los menores representan una «proporción significativa» de los detenidos, según Jérôme Bourrier, fiscal de Perpiñán. «Vemos mucha irreflexión en sus actos», explica. A menudo, el fuego empieza con petardos o juegos. Y casi siempre en zonas donde se encuentran viviendas y vegetación: la mayoría de los incendios nacen a menos de 50 metros de alguna casa.
El problema es demostrarlo. En 2022, el año de los grandes incendios de Gironda, 49 personas fueron implicadas en casos de incendios intencionados; nueve llegaron a ser procesadas, una cifra récord. En 2025 hubo 25 implicados, pero solo seis casos se consideraron judicialmente perseguibles. «Obtener pruebas para este tipo de delito puede ser muy complicado», admite Bourrier.
CNN recuerda que no existe un arquetipo único de incendiario. Ed Nordskog, antiguo investigador de incendios en Los Ángeles, resume: «Es un delito muy extraño que solo unas pocas personas entienden». Algunos queman por dinero; otros, por rabia, excitación, deseo de caos, impulso o enfermedad mental. Los incendiarios forestales en serie son raros, pero especialmente peligrosos. «Un verdadero incendiario forestal en serie tiene el poder de una bomba atómica en la punta de los dedos», dice Nordskog.
Un continente seco
Los incendios de Francia y España se enmarcan en un verano extremo. Las zonas afectadas llevaban semanas sufriendo calor y sequía. En Burdeos, donde miles de personas fueron evacuadas de los suburbios, junio dejó la racha más calurosa jamás registrada: 42 grados durante tres días consecutivos.
Johann Georg Goldammer, director del Global Fire Monitoring Center de Friburgo, lo llama «el secado del continente europeo». «La vegetación sufre este estrés de calor y sequía. Y eso se acumula», explica a The New York Times. Preguntado por la conexión entre los incendios y los extremos meteorológicos previos, responde: «Absolutamente».
Madrid huele a humo
Madrid parecía protegida por su prosperidad, su crecimiento y su burbuja urbana. Esa sensación se quebró cuando los incendios se acercaron a unos 50 kilómetros de la capital y el humo llegó a parques, terrazas y viviendas, cuenta la cabecera norteamericana.
«No debería ser así», dice Elena Sánchez al diario neoyorquino. La mujer, que vende cerveza en un quiosco junto a un lago artificial, contempla un atardecer grisáceo marcado por el humo. «Da miedo. Temo que pueda llegar aquí».
Víctor Resco, profesor de ingeniería forestal en la Universidad de Lleida, aporta otra explicación: el abandono rural ha reducido el pastoreo y la tala, dejando más combustible en los montes. «Los incendios encuentran ahora combustible en todas partes».
La política del fuego
Las cifras actualizadas elevan a más de 320.000 las personas evacuadas de sus hogares en Francia y España. En Francia, los incendios han obligado a desalojar localidades cerca de Burdeos y han destruido cientos de viviendas. El alcalde de la ciudad aseguró que se preparaba para «todas las eventualidades» mientras las llamas alcanzaban las afueras.
The Guardian introduce otra palabra en el vocabulario europeo del desastre: pirocumulonimbo. Se trata de una tormenta generada por el propio incendio, capaz de crear vientos imprevisibles y complicar la contención de las llamas. Habitual en Norteamérica y Australia, los bomberos creen que Francia podría estar sufriendo su primer fenómeno de este tipo en el suroeste del país.
Los incendios han reabierto además el debate sobre la respuesta política al cambio climático. El editorial del diario británico acusa a Europa de ir «por detrás de la realidad climática». Mientras el continente arde, denuncia, «varios gobiernos rebajan su ambición verde». En junio, el Ejecutivo de Macron anunció fuertes recortes al Fondo Verde destinado a ayudar a las autoridades locales frente a los retos climáticos y ambientales. Y la Comisión Europea, presionada por países como la Italia de Giorgia Meloni, ha propuesto debilitar el sistema europeo de comercio de emisiones, su principal herramienta climática.
Para The Guardian, presentar la transición verde como un lujo reservado para los tiempos de bonanza es un error doble: económico, porque Europa perdería posiciones en los mercados del futuro; y físico, porque los incendios demuestran que la adaptación ya no es una opción. «Eso no es realismo», concluye el diario. «Es una dejación del deber».