La nueva batalla de Erin Brockovich

Treinta años después de ganar el famoso caso contra una eléctrica, la activista se moviliza frente a los centros de datos

La nueva batalla de Erin Brockovich
Erin Brockovich, de 66 años, en su hogar en Agoura Hills, California. Foto: Valeria Macon | AFP
Página Internacional

Erin Brockovich se despertó una mañana con treinta correos electrónicos de vecinos del mismo pueblo. Todos preguntaban por lo mismo: un centro de datos. Para una mujer que lleva más de tres décadas recibiendo mensajes de comunidades preocupadas por la contaminación, aquello no era una casualidad. «Era una señal», cuenta a The Guardian.

En 1993 ayudó a construir el caso contra Pacific Gas and Electric por la contaminación del agua subterránea de Hinkley, en California, que afectó a la salud de centenares de vecinos. La demanda terminó con una indemnización de 333 millones de dólares, entonces la mayor jamás concedida en una acción colectiva de ese tipo. Julia Roberts convirtió a Brockovich en un icono mundial al interpretarla en la película que lleva su nombre. Treinta años después, la activista cree haber encontrado un nuevo Hinkley.

«Esto parece Hinkley con esteroides», expresa al medio británico. Solo que esta vez el adversario no es una compañía eléctrica local, sino la infraestructura que sostiene la inteligencia artificial y que crece en todo el mundo a un ritmo desenfrenado.

Hinkley con esteroides

En palabras al diario, Brockovich insiste en que no combate la inteligencia artificial. «Ese melón ya está abierto: está aquí, es una herramienta eficaz; puedes usarla o no». El problema, señala, es el agua que consumen estas instalaciones para refrigerarse, la electricidad que requieren, el ruido constante que generan y la opacidad con la que, a menudo, se aprueban estos proyectos.

En abril abrió un formulario en su página web para que cualquier persona preocupada por un centro de datos cercano pudiera escribirle. En apenas un mes había recibido miles de respuestas en relación con 33 centros de datos ya operativos en Estados Unidos, 68 en construcción y 41 proyectados. Nada extraño si se tiene en cuenta que el país cuenta ya con más de 5.000 instalaciones de este tipo y prevé duplicar esa cifra en los próximos años.

Al principio, «pensé que se trataba de un pueblo, un acuífero y un centro de datos», contó en el pódcast de Theo Von. «Pero era todo el país». En las primeras 72 horas, la avalancha de mensajes hizo caer dos veces la web.

«Nos estamos volviendo locos 24/7», le escriben algunos vecinos. «Tiene que parar». «Zumba, silba, vibra». The Guardian habla de ranchos, granjas y pequeños municipios donde la gente ve desaparecer aves, animales o paisajes que formaban parte de su vida cotidiana. «La gente mira la naturaleza porque la respeta, porque la necesita», dice Brockovich. «Y está viendo cómo la destruyen».

También denuncia que muchos proyectos salen adelante con escasa información pública y con acuerdos de confidencialidad entre empresas y autoridades locales. «Si los centros de datos son tan buenos, ¿por qué se construyen en secreto?», pregunta en Substack.

«Me gustaría ver un informe de impacto ambiental», reclama. «Me gustaría saber cómo proponen alimentar todo esto. ¿Van a construir su propia energía? ¿Dependen de unos recursos que ya están tensionados?». Después, añade, debería celebrarse una reunión pública donde la gente «pueda tener voz».

El agua, de nuevo

Pero el agua sigue siendo la gran obsesión de Brockovich. Según The Guardian, dos tercios de los centros de datos previstos en Estados Unidos se levantarán en zonas afectadas por la sequía. Los más grandes pueden necesitar hasta 18 millones de litros diarios para refrigerarse, el equivalente al consumo medio de unas 50.000 personas.

La activista leyó al diario británico el mensaje de una mujer cuya factura mensual del agua pasó de 22 a más de 350 dólares. Aunque, «la amenaza de estos centros va más allá del dinero –resume–. Se siente existencial».

La reacción ya ha llegado a la política local. Algunos ayuntamientos, desbordados por la presión vecinal y la complejidad técnica de los proyectos, intentan frenarlos y terminan en los tribunales. En Hill County, Texas, los comisionados aprobaron una moratoria de un año tras las protestas de los vecinos. Poco después, según el Texas Tribune, fueron demandados por 100 millones de dólares por las compañías afectadas y acabaron dando marcha atrás.

Ya son 79 municipios estadounidenses los que han aprobado moratorias a nuevos centros de datos, aunque muchas han sido recurridas por las empresas, explica el diario. Ha habido pausas en Georgia, Maryland, Michigan y Carolina del Sur. Pero «estamos frente a fuerzas que tienen todo el dinero del mundo», resume Brockovich.

El fenómeno, además, desborda ampliamente las fronteras de Estados Unidos. La activista asegura haber recibido mensajes desde Australia, India o Escocia. En Irlanda, estas instalaciones consumen ya el 23% de toda la electricidad del país, recoge The Irish Times. Para la mujer que convirtió un pequeño pueblo de California en un símbolo mundial de la lucha contra la contaminación, la pelea ya no es local. «Esto es planetario», subraya. «Es abrumador».

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