Un apagón, señal que cabalgamos

España ofrece a Europa una lección estratégica: menos gas, luz más barata y más autonomía en tiempos de convulsión global

Un apagón, señal que cabalgamos
España es la segunda potencia europea en capacidad de energía solar instalada, solo por detrás de Alemania. Foto: Imago
Internazionale, Italia
Alessandro Lubello

El fragilísimo alto el fuego de dos semanas suscrito por Estados Unidos e Israel con Irán parece haber alejado, al menos de momento, los escenarios más catastróficos para el mercado global de la energía y para la economía mundial en general. Aun así, todavía se está muy lejos de volver a la «normalidad» anterior al inicio de la guerra. Basta pensar que Catar probablemente no recuperará su plena producción de gas hasta dentro de tres años y, sobre todo, que el estrecho de Ormuz –la vía por la que transita una quinta parte del crudo mundial– permanece bloqueado por el régimen de Teherán, que exige peajes por el paso de los barcos.

En cualquier caso, ha llegado el momento de pensar en cómo evitar que se repita una crisis similar, sobre todo en la Unión Europea. Una vez más –tras la invasión rusa de Ucrania en 2022– el continente se enfrenta al recorte de suministros energéticos esenciales a causa de una convulsión geopolítica.

Los países del golfo Pérsico golpeados por Irán podrían reforzar en el futuro las infraestructuras que les permiten exportar sin pasar por Ormuz. El resto del mundo, en cambio, debería organizarse para diversificar aún más sus suministros energéticos. En el caso de Europa, se vuelve también más urgente reducir la dependencia de las fuentes fósiles, apostando por un mix en el que la energía nuclear y las renovables tengan más peso.

Un modelo a seguir

El ejemplo a seguir son los países ibéricos, en especial España, que aprovecha el sol, el viento y la energía hidroeléctrica de tal forma que el recurso al gas en la producción eléctrica resulta marginal. Como explica un reciente artículo del Financial Times, el caso español demuestra que instalar aerogeneradores y paneles solares, por sí solo, no garantiza un menor uso de fuentes fósiles ni unos costes energéticos contenidos. Hace falta también una gestión prudente del sistema y, en cierta medida, algo de suerte.

La crisis de Ormuz ha disparado el precio de la electricidad en los países europeos, con dos excepciones notables: Francia –que puede contar con la energía nuclear– y España, que se apoya en mayor medida en las renovables. El mercado eléctrico se basa en el sistema de precios marginales, en el que el coste lo fija la última fuente utilizada para satisfacer la demanda. En la práctica, si la fuente preferida –las renovables– no logra cubrir toda la demanda en un momento dado, suele entrar en juego el gas, que pasa entonces a fijar el precio para todos.

La dinámica es más sencilla en Francia, donde la intermitencia congénita de las renovables –el sol y el viento no siempre están disponibles– se compensa recurriendo a la energía nuclear. España también dispone de energía nuclear, pero en mucha menor medida. Aun así, en los tres primeros meses de 2026, el gas marcó el precio de la electricidad en el país ibérico solo el 15% del tiempo. En Italia, esa proporción asciende al 89%. El resultado es que este año el precio medio de la electricidad en España ha sido de 66 euros el megavatio-hora, la mitad que en Italia.

El mérito reside en la acertada combinación de fuentes renovables, orquestadas de manera que dejen el menor espacio posible al gas. No solo importa cuánta electricidad produzcan la energía eólica o la hidroeléctrica. El caso del Reino Unido resulta revelador: este año ha generado más de la mitad de su energía a partir de renovables y energía nuclear, pero durante más del 66% del tiempo se ha visto obligado a recurrir al gas como fuente determinante del coste, lo que ha producido uno de los precios de la electricidad más altos de Europa.

Por supuesto, señala el Financial Times, frente a la imprevisibilidad de las renovables –sujetas a las condiciones meteorológicas–, también cuentan la suerte y ciertas medidas técnicas: «España ha tenido un invierno particularmente ventoso y lluvioso, lo que ha generado mucha energía eólica e hidroeléctrica. Además, sus centrales de gas entran en funcionamiento más a menudo de lo que sugieren las estadísticas y son remuneradas por separado por los servicios prestados a la red».

El apagón, señal que cabalgamos

Probablemente, los buenos resultados en materia energética sean uno de los factores que han permitido al gobierno del socialista Pedro Sánchez no solo contener los efectos de la crisis de Ormuz, sino también disponer de suficiente margen de maniobra para distanciarse de la guerra de Trump y Netanyahu contra Irán. Unas facturas de la luz más baratas y una mayor independencia política son razones de peso para que el resto de los países europeos sigan el ejemplo español, adaptándolo a las características de su territorio y su clima. Italia debería ser la más interesada, dado que cuenta con un sistema de renovables todavía insuficiente y carece de energía nuclear.

Las inversiones en renovables, sin embargo, deben ir acompañadas de una profunda adaptación de la red eléctrica europea. También en este caso conviene mirar hacia la península ibérica, donde los avances en energía limpia han puesto de relieve la urgencia de mejorar las infraestructuras para evitar accidentes graves.

En marzo, los expertos de la European Network of Transmission System Operators for Electricity (Entso-e) –una asociación de 40 gestores de sistemas de transporte eléctrico de 36 países europeos– publicaron su informe final sobre el gran apagón que afectó a España y Portugal el 28 de abril de 2025. No existe una única causa: la Entso-e enumera nada menos que 17 factores, que dieron lugar a una especie de tormenta perfecta.

Pero quizá el aspecto más interesante del estudio, al menos en este contexto, sea el llamamiento a revisar todo el sistema eléctrico. Los expertos han elaborado una serie de recomendaciones para evitar incidentes similares en el futuro: reforzar la supervisión del sistema, mejorar el intercambio de datos y la coordinación, y adaptar las normativas a la evolución del propio sistema eléctrico.

Estas recomendaciones no se dirigen solo a España y Portugal, sino a toda Europa. Los países ibéricos fueron los primeros en sufrir un gran apagón porque están más avanzados en el desarrollo de las renovables. Es necesario aprender de su experiencia para que su pasado no se convierta en el futuro del resto del continente.

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Este texto ha sido traducido del italiano y puede leerse en su versión original en Internazionale.it

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