Cuando Trump dejó de escuchar a sus votantes
El republicano corre el riesgo de caer en la misma trampa que antes los demócratas: confundir las redes con el sentir del país.

Ha sido el verano de la gran autocrítica para la izquierda estadounidense, desencadenada por las declaraciones de Alexandria Ocasio-Cortez sobre los excesos de la etapa «woke». Hoy parece existir un consenso bastante amplio en que, durante los últimos años, un sector de la izquierda se fue distanciando de la realidad de la calle al confundir con corrientes mayoritarias ciertos debates que solo interesaban a una minoría muy politizada y volcarse en batallas incomprensibles o impopulares para el electorado.
Se trata de un debate que, en cierto modo, llega a destiempo. Ya tras la derrota de 2024 las prioridades de la izquierda habían comenzado a virar: en el discurso público, la identidad y la ideología fueron cediendo paso a otras cuestiones, como la clase social, los salarios y el coste de la vida. Paradójicamente, los papeles parecen haberse invertido, al menos en parte: hoy es la derecha la que insiste en las políticas identitarias y libra batallas ideológicas, mientras la izquierda intenta centrarse sobre todo en la clase trabajadora y las condiciones materiales. ¿Es posible que ahora sea la derecha la que esté perdiendo el pulso del país real?
Con las luces apagadas
Todo apunta a que sí, a juzgar por las diatribas de Trump en las redes sociales, que transmiten la sensación de alguien que conduce a toda velocidad y con las luces apagadas en mitad de la noche. Mientras en numerosos estados crece el rechazo vecinal a los centros de datos indispensables para el desarrollo de la inteligencia artificial, hace unos días el presidente escribió en Truth Social que las comunidades que protestan quieren volverse «atrasadas y pobres», restando importancia a las preocupaciones de los residentes por las facturas de la luz, el consumo de agua, el ruido, la ocupación del suelo y el impacto de la IA en el empleo.
De acuerdo con una encuesta de The Economist/YouGov, el 61% de los estadounidenses se opone a la instalación de un centro de datos en su localidad, una postura que comparte incluso el 47% de los votantes republicanos. Muchos candidatos del partido a las elecciones de noviembre han tomado distancia de la línea marcada por Trump, quien los acusa de favorecer a China y aviva las fracturas internas a escasos dos meses de acudir a las urnas. Todo esto ocurre mientras su índice de aprobación se sitúa en el 33%, el mínimo histórico de sus dos mandatos.
En las páginas de The New York Times, Ezra Klein desgranaba el engranaje mediático que propicia este distanciamiento. Su análisis parte de Walter Lippmann, quien hace un siglo advertía de que las personas no reaccionan directamente ante el mundo, sino ante la imagen del mundo que albergan en su mente. Las redes sociales distorsionan esa imagen de un modo muy particular. El problema no reside únicamente en los bulos que difunden, sino en que alteran nuestra capacidad para calibrar lo que piensan los demás. Las opiniones extremas, agresivas o estrafalarias acaparan mucha más atención que las posturas moderadas y sosegadas, lo que hace que parezcan mucho más extendidas de lo que son en realidad. A fuerza de consumir siempre el mismo contenido, tanto políticos como periodistas y militantes pueden perder la noción de hasta qué punto sus planteamientos resultan desagradables o extravagantes más allá de una determinada plataforma.
Según Klein, eso fue exactamente lo que le ocurrió a la izquierda con Twitter tras 2020. La hegemonía progresista en esa red empujó a dirigentes y activistas demócratas a diseñar parte de su agenda a partir de un entorno que no reflejaba fielmente al país. Hoy en día, la derecha domina X, convertida por Elon Musk en un terreno mucho más propicio para el trumpismo y sus facciones más radicales. Klein pronostica un desenlace similar: «Los demócratas pagaron caro haber moldeado su política al compás de Twitter; la derecha pagará un precio semejante por moldear la suya en X». La comparación no presupone que las ideas surgidas de ambas burbujas sean equivalentes; la clave está en el mecanismo por el cual una fuerza política llega a convencerse de que su ecosistema informativo coincide con la realidad.
Los votantes que Trump supo escuchar
Esta desconexión cobra un cariz decisivo porque el éxito de Trump se cimentó precisamente en prometer lo contrario. En una columna publicada en Internazionale la semana pasada, Rana Foroohar citaba un estudio del consultor republicano Frank Luntz según el cual el término más valorado por los estadounidenses es «respeto». Buena parte de los trabajadores sindicados que votaron por Trump en 2016 y 2024 no sentían una devoción especial por los republicanos, pero, según Luntz, se sentían menospreciados por los demócratas. Trump parecía interpelar a unos sectores a los que las élites de las costas ya no prestaban atención.
Sin embargo, ahora Trump les dice a esos mismos votantes que los precios en realidad no están subiendo, que la inteligencia artificial no perjudicará sus empleos y que pagar «un poquito más por la gasolina» es un sacrificio razonable para impedir que «un país sumamente perverso» desarrolle armas nucleares. El tono evoca aquel con el que, años atrás, muchos demócratas pretendían convencer a los indignados electores del Medio Oeste de que los tratados de libre comercio acabarían beneficiando a todos. Luntz subraya que, hoy en día, los trabajadores sindicados de Míchigan y Ohio se están alejando de las filas republicanas.
En este contexto, la guerra comercial con Canadá constituye un ejemplo casi caricaturesco de cómo un líder puede tirarse piedras contra su propio tejado. La prensa abunda en crónicas sobre el impacto que este pulso genera en las poblaciones fronterizas. The Guardian destacaba un reportaje centrado en Detroit (Míchigan) y Windsor (Ontario). Ambas ciudades, aunque separadas por un río, funcionan desde hace décadas como engranajes de un mismo tejido industrial. Cada día cruzan la frontera mercancías por un valor aproximado de mil millones de dólares.
Trump sostiene que Estados Unidos no necesita a Canadá y, a finales de agosto, impuso aranceles de hasta el 50% a determinados productos canadienses. En Míchigan, el 63% de los votantes se opone a estas trabas comerciales con el país vecino –incluido un 35% de los republicanos–, y casi tres cuartas partes consideran que están disparando los precios. De hecho, los hogares del estado asumen ya un sobrecoste anual de unos 3.200 dólares a causa de dichos gravámenes, de acuerdo con las estimaciones recogidas por el rotativo británico.
Más al norte, en las localidades gemelas de Sault Ste. Marie –una en Míchigan y otra en Ontario–, los límites fronterizos son todavía más difusos. «Somos una sola familia», declaraba a ProPublica Don Gerrie, alcalde de la Sault Ste. Marie estadounidense, durante la tradicional marcha sobre el puente internacional. Sin embargo, en 2025 los cruces disminuyeron casi un 24% respecto al año anterior, debido sobre todo a que los canadienses empezaron a evitar viajar a Estados Unidos; y en el primer semestre de 2026 el transporte de mercancías cayó otro 15%.
Canadá nunca podrá ganar una contienda comercial frente a Estados Unidos, pero ha sabido canalizar ese descontento para convertirlo en presión política. A partir del 8 de septiembre está prevista la entrada en vigor de aranceles de represalia sobre unos 20.000 millones de dólares en exportaciones estadounidenses, seleccionadas estratégicamente para golpear a sectores clave en estados donde los comicios de noviembre se presentan especialmente reñidos: la automoción y la metalurgia en Míchigan, los lácteos en Wisconsin, los electrodomésticos en Kentucky y la madera y los productos pesqueros en Maine. La ministra canadiense de Industria, Mélanie Joly, ha reconocido abiertamente que la meta consiste en presionar a territorios y sectores económicos muy concretos.
Emergencias reales e inventadas
Llegan señales parecidas desde otros rincones del país, cuestionando el conjunto de la gestión gubernamental. Trump decretó una emergencia energética nacional bajo el argumento de que Estados Unidos no genera suficiente electricidad y de que la red es incapaz de soportar el tirón de la demanda, impulsada en parte por la proliferación de centros de datos y la IA. Sin embargo, acto seguido destinó casi 4.000 millones de dólares a compensar a firmas energéticas para que cancelaran proyectos eólicos marinos que habrían incrementado la producción; entre ellos, 1.220 millones fueron a parar a la compañía alemana RWE a cambio de renunciar a sus concesiones en las costas de Nueva York, California y Luisiana.
Por otro lado, la guerra con Irán, desatada después de que Trump prometiera eludir conflictos prolongados en el exterior, apenas cuenta con el respaldo del 31% de los estadounidenses. Incluso entre las filas republicanas el apoyo ha caído del 77% al 69% desde marzo, mientras que el bloqueo iraní a las exportaciones de crudo no ha dejado de presionar al alza el precio del combustible.
Al adentrarse en las zonas rurales del Medio Oeste, los riesgos electorales para el bando republicano se hacen aún más patentes. En Politico, Jonathan Martin recogía las palabras del senador por Dakota del Norte Kevin Cramer: Trump «afronta serios problemas en el campo». Los aranceles y el encarecimiento del diésel y los fertilizantes están asfixiando a los agricultores.
A este escenario se suma la orden de Trump de incrementar temporalmente las importaciones de carne de vacuno con el propósito de rebajar los precios en los supermercados: una iniciativa que ha enfurecido a los ganaderos locales, alarmados ante la perspectiva de que la entrada de carne foránea más barata hunda el valor de su ganado. En Kansas, el senador republicano Roger Marshall no ha dudado en criticar la medida de la Casa Blanca. Si bien Marshall sigue figurando como favorito frente al demócrata Adam Hamilton, el ambiente se ha vuelto tan adverso para su formación que la contienda se ha tornado inesperadamente reñida.
Ocurre algo muy similar en Iowa, donde los republicanos dominan desde hace años los principales resortes del poder. Según los sondeos, el desenlace de la carrera por el escaño del Senado –que enfrenta a la republicana Ashley Hinson con el demócrata Josh Turek– está lejos de ser previsible. Una encuesta de Emerson del 4 de septiembre sitúa a Hinson en cabeza por un ajustado 50% frente al 45%, pero ese mismo sondeo refleja que el 52% de los votantes del estado desaprueba la gestión de Trump. Turek está centrando su discurso precisamente en los aranceles, la guerra de Irán y las dificultades del sector agrario. Así pues, a dos meses de las elecciones, los republicanos se ven obligados a resistir en feudos que Trump había erigido en el símbolo más indiscutible de su sintonía con la América rural.
Teniendo en cuenta que en la Cámara de Representantes los demócratas parten con una clara ventaja –un modelo formulado por politólogos de la Universidad de Cornell les otorga alrededor del 80% de probabilidades de hacerse con la mayoría–, las riendas del Congreso dependen de un puñado de escaños en el Senado. A la bancada demócrata le basta con arrebatar cuatro plazas para asegurar el control de la cámara alta. Se trata de un panorama que hace pocos meses casi nadie consideraba factible, pero que la obcecación de Trump y su falta de visión estratégica están convirtiendo en una posibilidad cada vez más verosímil.