¿Cuántos reyes quedan en África? Nadie lo sabe
Los reinos yoruba de Nigeria, buganda en Uganda o ashanti en Ghana son solo algunos ejemplos que resisten el paso del tiempo

El pasado 12 de septiembre se celebró en Fort Portal, en el suroeste de Uganda, el funeral del rey Oyo Nyimba, fallecido el 27 de agosto, con apenas 34 años, a causa de un tumor. En 1995, cuando tenía tres años, fue proclamado soberano del reino ugandés de Tooro y se convirtió –se dijo entonces– en el monarca más joven del mundo.
Oyo, también llamado Rukidi IV, fue el decimotercer omukama (rey) del reino de Tooro, una de las monarquías subnacionales reconocidas por Uganda en 1993. Ese año, el presidente Yoweri Museveni –que todavía sigue en el poder– revocó la decisión de abolir las monarquías tradicionales, adoptada en 1967 por el Gobierno de Milton Obote.
En la actualidad, la Constitución ugandesa reconoce el papel de los líderes tradicionales y culturales y permite que las instituciones que encabezan funcionen de acuerdo con los usos y costumbres de las comunidades a las que representan. Sin embargo, estos líderes no pueden ejercer las atribuciones administrativas, legislativas o ejecutivas reservadas al Gobierno ni participar en política.
En las últimas semanas, la muerte del rey Oyo ocupó titulares en todo el mundo porque fue un soberano muy querido por su pueblo: una figura discreta y, al mismo tiempo, capaz de aprovechar su posición para llamar la atención sobre cuestiones cruciales como el calentamiento global. Pero también porque su muerte ha desatado una pugna por la sucesión. Oyo no estaba casado y, ante la ausencia de un hijo reconocido, el clan real designó como nuevo rey a su primo Edward Rukidi Kijanangoma, de 56 años, presentador de televisión en la Uganda Broadcasting Corporation, «quien durante la ceremonia fúnebre asumió formalmente el poder arrojando nueve granos de café a la tumba del rey, tal como establece el ritual de transmisión del poder», cuenta John Okot en Al Jazeera.
Sin embargo, la madre y la hermana del rey fallecido se opusieron a su designación, alegando que Oyo había dejado un testamento en el que señalaba como futuro soberano a un hijo que había mantenido oculto. Según la BBC, otro aspirante al trono podría haber sido el príncipe George Desmond Kamurasi, portero de uno de los equipos de fútbol amateur más conocidos del Reino Unido. Pero Kamurasi declinó la oferta.
La designación de Kijanangoma cobró fuerza después de que el 15 de septiembre recibiera el respaldo del Consejo Supremo de Tooro, aunque, según señala el diario ugandés The Monitor, el Gobierno de Museveni todavía no lo ha reconocido.
Cuando el rey reina, pero no gobierna
La política y los gobiernos, aunque en teoría no deberían intervenir en estas decisiones, siempre acaban desempeñando algún papel. Hace pocos años se produjo una situación similar en Sudáfrica, tras la muerte, en 2021, del rey zulú Goodwill Zwelithini, que había permanecido en el trono durante más de cincuenta años y tuvo seis esposas y 29 hijos e hijas. La coronación del nuevo rey, Misuzulu Sinqobile, tuvo lugar más de un año después, tras una larga sucesión de disputas familiares y batallas legales que se prolongaron hasta febrero de este año, cuando el Tribunal Constitucional zanjó definitivamente el caso.
La elección del nuevo rey quedó consagrada tanto por los rituales tradicionales como por la entrega de un certificado de reconocimiento por parte del presidente de la República, Cyril Ramaphosa. La Constitución sudafricana, aprobada tras el fin del apartheid, también reconoce las instituciones tradicionales, a sus líderes y el derecho consuetudinario.
En Sudáfrica, además de contar con una historia larga y prestigiosa, la monarquía zulú controla un considerable patrimonio territorial y financiero a través del Ingonyama Trust.
Los reyes que sobrevivieron a la descolonización
Entre los Estados africanos, solo tres son monarquías: Marruecos, Lesoto y Esuatini; esta última es una monarquía absoluta. La descolonización, la democracia y los golpes de Estado barrieron del mapa a muchas otras. Pero algunas sobreviven de forma simbólica en Estados gobernados por líderes electos, donde conservan su influencia en comunidades y territorios delimitados.
No es fácil saber cuántas existen: se calcula que solo en el oeste de Nigeria hay más de dos mil jefes tradicionales. Estos líderes suelen ser muy queridos y, aunque carecen de poder formal, se los considera custodios de una identidad y una herencia culturales. Los reinos yoruba de Nigeria, el de buganda en Uganda, el ashanti en Ghana o el zulú en Sudáfrica son solo algunos ejemplos de entidades subnacionales que resisten el paso del tiempo. Sus jefes todavía pueden resolver disputas territoriales o controversias locales de menor importancia, pero no detentan un poder político real ni reciben apoyo gubernamental en forma de impuestos u otras subvenciones.
Algunas son el legado de un pasado precolonial, a menudo asociado al orgullo por las propias raíces. Pero también hay quienes cuestionan su influencia y su presencia en sociedades que aún buscan consolidar la democracia.
¿Para qué sirve un rey en una democracia?
Durante la disputa por la sucesión en el reino zulú, el diario sudafricano Mail & Guardian publicó un comentario firmado por el analista Andile Zulu, quien destacaba que, en KwaZulu-Natal, la provincia zulú del país, la presencia de la monarquía tradicional, que administra las tierras públicas, no había favorecido el desarrollo ni la buena gobernanza. Al contrario, escribía, «las monarquías han eludido las preguntas sobre su relevancia y han alejado el ideal de una sociedad en la que ya no existan». Son «formas de autoridad tan omnipresentes, tan arraigadas en nuestra manera de entender el mundo y tan profundamente vinculadas al panorama político que trascienden el paso del tiempo y eluden cualquier crítica. Como muebles antiguos, las familias reales se han conservado a través de conflictos y profundas transformaciones sociales, y el propósito de su polvorienta presencia rara vez se cuestiona, sencillamente porque “siempre han estado ahí”».