El fin del hechizo islamista
Durante décadas, la gobernanza islámica ejerció una poderosa fascinación en Oriente Medio. Hoy, esa ola ha remitido
Aproximadamente un año después de la revolución iraní de 1979, el ayatolá Ruhollah Jomeini, líder supremo del nuevo régimen islámico, expuso su proyecto para gobernar Irán conforme a los preceptos del islam. El clérigo, de barba tupida y turbante, prometió que el Estado protegería a agricultores y trabajadores y redistribuiría la tierra de acuerdo con las «normas religiosas». Las universidades y los periodistas propagarían la causa divina, mientras que los tribunales erigirían «ejemplos impecables de la aplicación de la fe de Dios».
El resultado, aseguró, fortalecería a Irán frente a las potencias extranjeras y serviría de modelo para la liberación de los musulmanes de todo el mundo. «Debemos esforzarnos por exportar nuestra revolución al mundo entero», proclamó. «A pesar de las penosas vicisitudes que soportamos, plantarás cara al mundo desde una posición ideológica».
Irán ha tratado de cumplir esa premisa durante casi cinco décadas. Incluso bajo la extrema presión de su conflicto actual con Estados Unidos e Israel, la cúpula teocrática iraní ha dirigido un Estado clave de Oriente Medio bajo la tutela del clero, al tiempo que consolidaba una formidable fuerza militar. Esto sitúa al país en la vanguardia de los experimentos modernos del islam político –es decir, de la aplicación de la religión de mayor crecimiento del planeta al gobierno de un Estado–, un ideal que se ha mantenido tan atractivo como elusivo a lo largo y ancho del mundo musulmán.
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