Para los nacionalistas judíos, tampoco los cristianos son bienvenidos
El ataque a una monja en Jerusalén y las agresiones a la comunidad amenazan con erosionar, aún más, la imagen internacional de Israel

Una monja camina por la Ciudad Vieja de Jerusalén. Un hombre corre hacia ella, la empuja y la patea mientras permanece tendida en el suelo. «Solo se detiene cuando interviene un desconocido», relata Foreign Policy. El vídeo, grabado el pasado 28 de abril, se ha hecho viral porque condensa en pocos segundos una inquietud que las comunidades cristianas de Israel llevan años denunciando.
El agresor, que según puede verse en la grabación vestía kipá y tzitzit –los flecos rituales del judaísmo ortodoxo–, ha sido identificado como un colono israelí de 36 años residente en la Cisjordania ocupada. Aunque la Fiscalía local ha informado de que ha sido detenido, la medida no ha silenciado las críticas: varios analistas acusan a las autoridades de tratar estos incidentes como actos aislados «en lugar de considerarlos síntomas de un problema más amplio de extremismo religioso e impunidad».
Los cristianos representan aproximadamente el 2% de los 10,2 millones de habitantes de Israel, y ocho de cada diez son árabes, subraya el semanario norteamericano. Además, unos 2.700 clérigos cristianos residen actualmente en el país, la mayoría sin ciudadanía israelí: una comunidad pequeña y, en gran medida, extranjera, que «asegura sentirse cada vez más vulnerable».
El creciente acoso verbal y físico ha puesto en entredicho el delicado equilibrio entre las comunidades religiosas en Israel, forjado durante siglos por la singular importancia de Tierra Santa para el judaísmo, el cristianismo y el islam, y que «se ve ahora amenazado por el reciente auge de movimientos nacionalistas y extremistas judíos».
Un registro que no para de crecer
El ataque a la monja está lejos de ser un caso aislado. Yisca Harani, directora del Religious Freedom Data Center –una organización israelí que documenta agresiones contra cristianos y acompaña a las víctimas–, asegura a France 24 que la cantidad de casos es tan alta que ella y el centenar de voluntarios que colaboran con la entidad trabajan sin descanso los siete días de la semana. «Lo más común es que reciban escupitajos», explica. A ello se suman grafitis sobre símbolos cristianos, actos de vandalismo y distintas formas de hostigamiento.
En 2024, su organización registró 107 incidentes, aunque Harani sospecha que la cifra real es mayor: muchas víctimas desconocen cómo presentar una denuncia o prefieren no «hacer un escándalo» por lo que consideran agresiones menores.
«No pasa un mes sin que se registren al menos diez casos», dice la activista a France 24. Según Harani, los agresores suelen proceder de entornos vinculados al partido ultraortodoxo Shas o a corrientes nacionalistas religiosas. «Todos llevan kipá. No he visto a un judío secular comportarse mal con los cristianos».
El padre David Neuhaus, jesuita que vive en Jerusalén desde hace casi cinco décadas, confiesa al canal francés que, desde el ataque a la religiosa, «hay personas que se lo piensan dos veces antes de salir, salvo que sea absolutamente necesario». Explica que ahora existe «la conciencia de que hay que mirar alrededor, pensar adónde vas, cómo te vistes».
El respaldo político del odio
El giro de Israel hacia posiciones ultranacionalistas, especialmente en relación con los palestinos, se ha profundizado durante los mandatos de Benjamin Netanyahu. Figuras de extrema derecha que antes ocupaban espacios marginales ahora desempeñan un papel decisivo en el Gobierno. Es el caso de Itamar Ben Gvir, ministro de Seguridad Nacional y líder de Poder Judío, cuya cartera le otorga influencia directa sobre la policía y el orden público.
«El odio y los intentos de hostigar a los no judíos por parte de algunos sectores, en particular los colonos, no conocen límites», dice a Al Jazeera el rabino Arik Ascherman, activista israelí por la paz.
La directora de programas del Centro de Jerusalén para las Relaciones Judeo-Cristianas, Hana Bendcowsky, explica al mismo medio que «el resentimiento hacia el cristianismo ya existía en el pasado, pero la gente no se atrevía a expresarlo abiertamente». Desde los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 –que desencadenaron la guerra en Gaza–, el clima político «ha propiciado que la gente se sienta más cómoda acosando a los cristianos».
Un desafío existencial
Ante la escalada de agresiones, los líderes cristianos de Tierra Santa han alzado la voz. Oliver Poquillon, director de la Escuela Bíblica y Arqueológica Francesa de Jerusalén –donde la monja atacada ejercía como investigadora–, ha declarado a Crux Now que esta creciente violencia representa «un desafío existencial para la sociedad israelí».
Para Sami El-Yousef, director ejecutivo del Patriarcado Latino de Jerusalén, la situación se agrava «en parte debido a la inacción de las autoridades israelíes». «El número de ataques va en aumento y la ausencia de una respuesta contundente está deteriorando la situación», señala en declaraciones al portal religioso.
Mientras líderes religiosos y grupos civiles reclaman medidas concretas, Foreign Policy advierte que estos ataques «amenazan con erosionar –aún más– la posición internacional de Israel y tensar sus relaciones con Europa y el resto del mundo cristiano».