Mi abuelo el nazi
Tras digitalizarse los registros de afiliación al partido nacionalsocialista, afloran secretos familiares ocultos durante generaciones

Los alemanes vieron a Adolf Eichmann comparecer ante la justicia en Jerusalén y leyeron sobre los juicios de Núremberg; les impactó la película «La lista de Schindler», debatieron durante años sobre la construcción de un monumento al Holocausto en Berlín y se horrorizaron al descubrir que figuras emblemáticas de la cultura se adhirieron de jóvenes al Partido Nacionalsocialista. Sin embargo, escribe Die Zeit, la población ha dedicado «muy poco esfuerzo a investigar sus propios antecedentes familiares».
Esa deuda pendiente con el pasado ha comenzado a saldarse por una vía inesperada. El semanario alemán ha digitalizado y puesto en línea los registros de afiliación al partido nazi, custodiados durante décadas por los Archivos Nacionales de Estados Unidos y abiertos progresivamente a la investigación periodística. El resultado es un proyecto interactivo que permite a cualquier lector consultar nombres.
«Lo ocurrido tras la publicación del buscador no tiene precedentes en la historia de este periódico», reconoce la publicación. La página ha registrado millones de visitas y miles de personas la han compartido. Die Zeit describe haber recibido una cantidad «abrumadora» de correos, muchos con la misma frase: «Siempre sospeché que…». «Algunos se sienten aliviados de tener por fin la certeza; otros están conmocionados por lo que han descubierto. "Doloroso", esa palabra se repite una y otra vez».
Esto, señala el semanario, arroja también una luz incómoda sobre la cultura de la memoria en Alemania. Si la sociedad pasó del «silencio vergonzoso» al reconocimiento de culpa y responsabilidad, además de un declarado pacifismo, lo hizo «solo en el ámbito público, no en el seno de sus propias familias». Los datos lo confirman. Según Die Zeit, solo un 3% de los alemanes cree que sus antepasados apoyaron el régimen, pese a que unos 8,5 millones fueron miembros del partido. «Si todos creen en la inocencia –escribe– apenas quedan culpables».
La investigadora Aleida Assmann lo describe como un «trauma de la vergüenza». Desde el principio, dice, la historia «se guardó», convertida en un tabú. Y la sociedad se parapetó tras un «silencio estratégico, transmitido entre generaciones».
Cuestión de fechas
Para la mayoría de quienes han encontrado a un familiar en los registros, la ficha de afiliación es apenas un punto de partida. Las tarjetas ofrecen pocas pistas sobre la motivación: antes de 1933, «se unían al Partido los verdaderos creyentes, mientras que después de esa fecha abundaban los oportunistas», señala el semanario.
En los primeros años, incluso, la deserción era masiva: más del 70% de quienes ingresaron entre 1925 y 1926 abandonaron la organización, entre ellos el hermanastro mayor de Hitler, Alois. El partido era entonces considerado «extremista y radical» y sus miembros sufrían hostilidad y, en algunos entornos, aislamiento social. Cuando se volvió electoralmente exitoso, las deserciones se redujeron.
La verdad contra la leyenda
La digitalización no solo interpela a las familias, sino que también desarma relatos públicos. Die Zeit advierte de «las muchas biografías embellecidas» que circularon durante décadas y que ahora «quedan en entredicho». Es el caso de Fritz Ahrberg, empresario celebrado en la posguerra. Se decía que había sido forzado a afiliarse en 1935, pero su ficha muestra que ingresó en el movimiento en 1932, antes de la llegada de los nazis al poder. «Quien entró tan pronto», concluye el diario, «probablemente estaba convencido».
El actor Gert Fröbe –el villano de Goldfinger– figuraba como miembro activo en 1937, aunque sus biografías sostenían que para entonces ya había abandonado la organización. Muchas de esas historias –«tejidas después de 1945»– han sobrevivido hasta hoy, pese a que la documentación lleva décadas disponible en los archivos. Ahora la madeja empieza a deshilvanarse, señala el medio.
Pese a todo, el acceso masivo a esta información tiene sus límites. Además de que «una ficha no dice nada sobre los motivos o los actos por los que alguien se afilió», repiten historiadores citados por Deutsche Welle, tampoco ofrece absoluciones en sentido contrario: que un nombre no aparezca no exonera a nadie, dado que solo ha sobrevivido alrededor del 80% de las tarjetas. Y figurar en el registro no equivale automáticamente a fanatismo: «hay miembros que no cometieron delitos más allá de su afiliación», y personas no afiliadas que «participaron en actos crueles».