La revuelta permanente está devorando Francia
De los chalecos amarillos a las protestas estudiantiles, el país parece atrapado en una espiral interminable de ira y violencia
Los franceses protestan demasiado. En las últimas dos décadas, el país ha vivido recurrentes estallidos de ira, acompañados de disturbios, incendios, saqueos y violencia, con enormes costes para la sociedad. En 2005, la muerte de dos adolescentes que huían de la policía desencadenó tres semanas de graves disturbios en las banlieues, las periferias urbanas francesas. Desde entonces, las protestas violentas se han sucedido por motivos tan diversos como las restricciones al uso del velo, la celebración de un aniversario de la OTAN, la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo e incluso la irrupción de las aplicaciones de transporte compartido.
Una revuelta que se contagia
Hoy, Francia vuelve a estar a merced de los manifestantes. Desde finales del mes pasado, las protestas estudiantiles han paralizado el sistema educativo del país. Todo comenzó el 17 de septiembre en un instituto de Créteil, a las afueras de París, donde los profesores se declararon en huelga para denunciar las plazas sin cubrir y la falta de financiación. Los alumnos no tardaron en sumarse. Se produjo entonces un «efecto dominó», como lo describió la socióloga Valérie Becquet: estudiantes de todo el país salieron a las calles para solidarizarse con ellos y denunciar problemas similares en sus propios centros. Las redes sociales aceleraron la movilización: los manifestantes no han dejado de grabarse, convirtiendo las protestas en un espectáculo de revuelta que se propaga por internet y por los grupos de mensajería que utilizan para organizarse.
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