Linkedin y la pesadilla de un mundo sin conflictos

La plataforma ha creado un espacio sin ironía, sin fricciones y sin malentendidos. ¿Es este el futuro que nos espera con la IA?

Linkedin y la pesadilla de un mundo sin conflictos
«Estoy de acuerdo contigo». Ilustración de Ahmad Qaddura
Substack
William Davies

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en el Substack de William Davies con el título What is Linkedin?

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Me lo pensé mucho antes de compartir esto.

Pero entonces se me ocurrió una idea.

La idea de partir las frases.

De escribir párrafos sin verbos.

Y entonces todo empezó a cobrar sentido.

¿Qué forma de escribir es esta? Alguien me sugirió que tiene su origen en los teleprónteres utilizados para los discursos políticos, que dividen las frases en una sucesión de párrafos escritos en letras grandes. Tony Blair era famoso por sus frases sin verbo («Más libras en tu bolsillo. Un auxiliar docente en cada aula»). También recuerda a aquellas publicaciones empalagosas de Twitter que pretendían detener el interminable desplazamiento del lector por la pantalla añadiendo, debajo de algún dato, las palabras «Párate a pensar en ello».

Este formato es, en parte, un producto de la lectura en pantalla, donde la prosa compite constantemente con los elementos gráficos por captar la atención del usuario. Se ha descrito la contabilidad por partida doble como el primer intento de aprovechar las dos dimensiones del papel, organizando la información tanto en sentido vertical como horizontal. Del mismo modo, intercalar espacios adicionales entre las frases hace que un texto ocupe más espacio en la pantalla. Así, el lector tarda más en dejarlo atrás y aumentan las posibilidades de que unas pocas palabras atraigan su mirada mientras se desplaza por ella.

Cuando los humanos escriben como máquinas

Este estilo de prosa está en el epicentro de la vorágine cultural Turing-Eliza en la que vivimos: ya no sabemos distinguir la IA de los humanos, ni a los humanos de la IA. Recurrimos a la inteligencia artificial para que las cosas suenen más «humanas», mientras las personas se esfuerzan tanto por parecerlo que acaban sonando como una máquina. Veamos esta extraordinaria reliquia, que se ha compartido más de 38.000 veces en Substack:

Y luego están las personas que llegan a tu vida por un momento.

No para siempre.

Solo el tiempo justo.

El tiempo justo para enseñarte algo.

El tiempo justo para revelarte algo de ti que no sabías que estaba ahí.

El tiempo justo para reflejar una herida que aún no habías sanado.

El tiempo justo para mostrarte lo que mereces.

O aquello con lo que te has estado conformando.

Etcétera, etcétera, etcétera.

Ante un texto de este tipo, la pregunta de si lo ha escrito una IA no es tanto imposible de responder como irrelevante, lo cual resulta aún más inquietante. Lo que lo hace tan superficial es precisamente su manera mecánica de aparentar profundidad. Un antiguo profesor de filosofía solía despotricar contra los «heideggerianos de playa» –creo que se refería a Rorty–, pero aquí estamos ante una nueva especie: los «heideggerianos de bot».

Las dos plataformas donde más abunda esta prosa son Substack y LinkedIn. No es extraño: por sus características, son las que más se parecen a los antiguos blogs, antes de que las redes sociales lo redujeran todo a breves «publicaciones». Pero creo que su verdadero hogar es LinkedIn, y no solo por una cuestión de funciones o diseño. Esta plataforma representa el tipo de internet que queda cuando se eliminan el troleo y el shitposting. El resultado es una forma de bazofia que aspira, paradójicamente y a falta de una palabra mejor, a ser «consciente».

La hegemonía de LinkedIn

En los últimos cinco años, la compra de Twitter por Elon Musk y la creciente conciencia de que las universidades funcionan, a todos los efectos, como empresas sujetas a las exigencias del mercado han llevado a los académicos a desembarcar en masa en LinkedIn. Yo fui uno de ellos. En general, es un espacio agradable, cordial y útil, donde se comparte información, se mantienen los contactos y se difunden ofertas de empleo, sin la ironía ni el moralismo interminables que hacían del Twitter anterior a Musk un lugar más divertido, algo adictivo y, a menudo, exasperante.

Recuerdo que, cuando Facebook despegó en 2007, una de las características que lo distinguían de los foros, Friendster o los primeros blogs era que te registrabas con tu dirección de correo electrónico como nombre de usuario. Eso te vinculaba a tu identidad real y, más concretamente, a tu círculo de relaciones fuera de internet. Tras años de «en internet nadie sabe que eres un perro», con toda la diversión y las travesuras que aquello permitía, Facebook anunciaba un nuevo tipo de comunidad digital, anclada en el mundo real. La introducción de un algoritmo, la proliferación de grupos y, finalmente, la «tiktokización», que sustituyó las redes de relaciones personales por anuncios descontextualizados y bazofia, fueron aflojando esas amarras hasta que la plataforma acabó cobrando vida propia. Por alguna razón, pocos parecían advertir, o darle importancia, que a finales de la década de 2010 Facebook ya tenía poco que ver con las relaciones sociales.

Pero LinkedIn ofrecía una alternativa. Esta vez, la identidad real que entraba en juego no procedía de las relaciones sociales, sino del mercado laboral. Al invitar a los usuarios a presentarse como profesionales, personas en busca de empleo o empleadores, la plataforma los ancla en el mundo real y pone ciertos límites al juego, la manipulación y la propaganda. Es un tópico –aunque no por ello menos cierto– que en LinkedIn reina un optimismo inagotable y obligatorio: todo el mundo está siempre «encantado» y entusiasmado, como si viviera en una campaña permanente de autopromoción, procurando no incomodar ni ofender a nadie.

Una red social donde nadie se pelea

Si uno consigue soportar tanto empalago, la ventaja es que las conversaciones tienen menos probabilidades de desviarse, dar lugar a malentendidos o ser saboteadas deliberadamente. Existe cierta estabilidad en las normas y en la manera de entender las cosas que hace de LinkedIn un espacio más eficiente y fiable que otras plataformas, y lo convierte en un recurso social valioso mucho más allá del ámbito profesional. Dicho de otro modo: aquí tenemos un internet abierto sin el riesgo constante de troleo, shitposting o confusión de contextos que, como una corriente subterránea, recorrió las tres primeras décadas de la web social.

Al anclar la plataforma en la institución que constituye la base misma del capitalismo moderno –el mercado laboral–, LinkedIn hace posible una convivencia digital sin fricciones ni falsedades cínicas. Es una red social sin la amenaza latente de que, en cualquier momento, irrumpan el humor o el conflicto: justo aquello de lo que la gente quería escapar al abandonar Twitter/X. Pero eso plantea una pregunta: ¿qué queda de la esfera pública en internet cuando desaparece la amenaza permanente del malentendido? ¿Qué tipo de comunicación y de contenidos genera?

Una de las respuestas es esa prosa extraña y entrecortada que hemos visto antes: una sucesión de frases inspiracionales de Pinterest dispuestas como versos, tan empeñada en expresar su profunda humanidad que enseguida te preguntas si realmente tiene alguna. Es una forma de escribir que se esfuerza tanto por transmitir un significado que acaba convertida en un conjunto de palabras vacías, imposibles de interpretar. No puedes malinterpretar algo que, de entrada, resulta incomprensible. La ausencia de conflicto, de humor y de cualquier referencia concreta transmite la impresión de estar ante un nuevo tipo de cíborg que aspira a una paz, una sinceridad y un consenso inquietantes. Si le preguntaras al autor –sea cual sea su posición entre el ser humano y la inteligencia artificial– qué ha querido decir con todo aquello, apenas podría hacer otra cosa que repetirse con una sinceridad todavía mayor.

Durante el pánico que suscitaron las «noticias falsas» y la «posverdad» en la década de 2010, una conclusión razonable era que las redes sociales se habían convertido en una máquina de generar desacuerdos. Si la imprenta necesitó nuevos mecanismos de verificación –la revisión por pares, la comprobación de hechos, la crítica– para contribuir a la construcción de consensos, la web social del siglo XXI prescindió de ellos y desestabilizó prácticamente todos los consensos existentes, con consecuencias potencialmente devastadoras para la democracia liberal.

El peligro de estar todos de acuerdo

Sin restar importancia a la amenaza que el troleo y el shitposting siguen representando para la construcción de consensos y la convivencia social –sobre todo porque tanto el hombre más poderoso como el más rico del mundo son maestros en el arte de publicar en redes–, tengo la impresión de que las tecnologías digitales de la década de 2020 plantean un peligro distinto: una especie de acuerdo sin fisuras que genera, casi sin esfuerzo, un consenso blando y empalagoso.

Una de sus manifestaciones es el conocido problema de la adulación de los grandes modelos de lenguaje, cuyos bucles de retroalimentación positiva entre humanos y máquinas relegan el desacuerdo y las pruebas empíricas a un segundo plano. Otra es, quizá, el declive de las publicaciones abiertas y el auge de los grupos digitales cerrados, una tendencia que se ha intensificado desde la pandemia de covid. El resultado es que las personas pasan cada vez más tiempo encerradas en consensos de los que no saben cómo salir y que han dejado de cuestionar. Las plataformas que seleccionan sus contenidos mediante algoritmos refuerzan todavía más esos círculos de autocomplacencia y eliminan cualquier aspereza.

Algunas investigaciones sugieren que la IA podría contribuir a generar consensos y contrarrestar así las tendencias polarizadoras de las redes sociales, ya que se le da especialmente bien encontrar puntos en común entre opiniones distintas. El uso de ChatGPT tiende a correlacionarse con una mayor confianza en la ciencia del clima, pero no porque los grandes modelos de lenguaje tengan acceso directo a la realidad empírica, sino porque el consenso científico es la postura más convencional y fácil de reproducir. Quienes defienden una concepción de la democracia basada en el conflicto y el debate pueden burlarse de esta idea, pero ¿quién dice que no podría resultar beneficiosa, por ejemplo, para tomar decisiones a escala local? El problema surgiría si estas tecnologías funcionaran demasiado bien y sustituyeran la deliberación y el desacuerdo constructivo por declaraciones con las que nadie pudiera discrepar, o que convirtieran cualquier discrepancia en una actitud obstruccionista o incluso en un tabú. No es muy distinto del ambiente que ya reina en LinkedIn buena parte del tiempo.

La retórica capaz de generar semejante consenso no es mecánica, deshumanizadora ni fría. Al contrario: es cálida, empática y respetuosa, como esos chatbots que responden «Tienes razón» cada vez que alguien los cuestiona o les plantea una duda. En el terreno cultural, la extraordinaria Pluribus ha llevado esta «bazofia consciente» hasta sus últimas consecuencias: una serie de ciencia ficción en la que toda la población mundial, salvo trece supervivientes, ha quedado sometida a una única mente colmena de inteligencia artificial. Parte de la genialidad de Pluribus reside en retratar un mundo donde la ira se ha convertido en tabú, la aprobación es constante y la realidad puede moldearse a voluntad. Es una especie de infierno donde el conflicto, el desacuerdo y la frustración han desaparecido para todos, salvo para la protagonista.

Hablo de genialidad, pero lo cierto es que cada vez me costaba más seguir viendo Pluribus, casi como si ese fuera precisamente su propósito. La multitud de personajes no humanos, carentes de intenciones y conflictos, y los episodios enteros sin interacción alguna entre personas dan lugar a algo que apenas puede considerarse un drama o una historia. Es deliberadamente asfixiante y ofrece una visión de hacia dónde nos dirigimos cuando las máquinas exhiben unos niveles de atención y empatía que después se espera que los humanos igualen. Una posible lectura de Pluribus es que vuelve a plantear, para la década de 2020, una pregunta fundamental: dices que quieres consenso, pero ¿de verdad lo quieres?

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