Todo por mi niño
Hoy se impone una crianza que coloca las emociones infantiles en el centro, aún a costa del agotamiento de los padres

Cuando, en el arenero, Marie vuelve a quitarle la excavadora de juguete a Theo, su madre no le grita «¡No!», sino que intenta comprender qué hay detrás de su comportamiento. Cuando Leon, con seis años, insiste en dormir cada noche entre papá y mamá, se le permite hacerlo, aunque a sus padres les encantaría recuperar para ellos solos su cama de 1,60 metros. Cuando Sophie monta una rabieta monumental a la hora de cenar porque el vaso no es del color que quería, sus padres, ya agotados, validan su frustración y tratan de ayudarla a regular sus emociones mientras la comida se enfría sobre la mesa.
Quizá estos ejemplos suenen exagerados, pero describen situaciones cada vez más habituales. La «crianza orientada a las necesidades», también llamada «crianza con apego», plantea que los padres no deben corregir el comportamiento de sus hijos, sino comprender las necesidades subyacentes y responder a ellas. En el origen de esta corriente se encuentran las ideas que el pediatra estadounidense William Sears describió en la década de 1990 en sus influyentes libros sobre el denominado Attachment Parenting (crianza con apego). A través de manuales y divulgadores en las redes sociales, este enfoque se ha extendido ampliamente en todo el mundo.
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