¡Vámonos de aquí!
Sus abuelos levantaron un país tolerante y seguro. Hoy, muchos israelíes se sienten alienados de su patria. Y se marchan
Al principio no sabía adónde ir; tal vez, simplemente, aún no estaba preparado. Pero entonces encontró unas fotos de Varallo, una pequeña ciudad del Piamonte, en el noroeste de Italia. Las casas apiñadas, las montañas, el agua clara del río Mastallone, a través de la cual brillan los guijarros. Ron Levy sintió que aquel podía ser un lugar seguro. Así que volvió a casa y le dijo a su esposa: «Nos vamos de Israel».
Tiene 67 años y creció en Israel. Sus padres eran de Ucrania; habían huido de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial y sobrevivido al Holocausto. En 1949 formaron parte de los supervivientes que fundaron un kibutz en el norte del país –dedicado a los combatientes de la resistencia judía–, seis años después del levantamiento en el gueto de Varsovia.
Para ellos, aquel nuevo hogar fue primero un refugio y, muy pronto, también un lugar de memoria. En el kibutz había un museo dedicado a la resistencia, donde los mayores transmitían sus experiencias a los más jóvenes, que crecieron marcados por esos relatos y por el horror de la Shoá. También fue el caso de Ron Levy y de su esposa, Nadia Levy. Sus nombres no son reales; tampoco pueden mencionarse ni el del kibutz ni el de su actual lugar de residencia. Tienen miedo: en Israel, a ser señalados por marcharse; en Europa, a ser atacados por llegar, por ser judíos.
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