Yo alimenté a quienes construían el metaverso. Y esto es lo que vi
La industria se autoconvence de estar inventando el futuro mientras reproduce, uno por uno, todos los defectos del presente

Antes trabajaba en Meta. No en el sector tecnológico. ¡Por Dios, no! Era chef de repostería en uno de los centros de datos de Meta, una frase que hoy me resulta aún más extraña de pronunciar en voz alta de lo que ya me parecía entonces. Trabajaba en las cafeterías del complejo preparando postres y panes, además de organizar el servicio de cáterin para eventos corporativos destinados a quienes construían la infraestructura del metaverso.
Cuando hablo del «metaverso», no lo digo en sentido metafórico. Me refiero a la visión corporativa real: los servidores, los ingenieros, las personas que daban forma a las entrañas de la inteligencia artificial y la realidad virtual mientras yo, al final del pasillo, intentaba averiguar si los rollos de canela necesitaban un par de minutos más en el horno.
Me habían entrevistado por internet durante la pandemia, así que mi primer día de trabajo presencial fue de lo más surrealista. Recuerdo llegar en coche y pensar: «Joder, esto parece una cárcel». Una prisión tecnológica carísima, claro, pero una prisión al fin y al cabo. Edificios de hormigón. Controles de seguridad por todas partes. Una iluminación fluorescente deprimente. Cocinas industriales de acero inoxidable. Todo el complejo transmitía la calidez emocional de un Costco refrigerado.
Una cárcel con futbolines
El interior no resultaba tan distópico como el exterior, pero seguía siendo insoportablemente aséptico, al estilo de los campus tecnológicos modernos. Hiperoptimizado. Extrañamente infantil. Como si un WeWork y una residencia universitaria masculina hubieran tenido acceso a una cantidad ilimitada de capital riesgo.
Las salas de descanso estaban equipadas con futbolines, videoconsolas, sofás gigantescos y zonas de aperitivos repletas de comida, donde los empleados podían servirse gratuitamente prácticamente todo lo que quisieran. Alcohol incluido.
Se rumoreaba que un programa de Meta registraba quién se llevaba qué y en qué cantidad. No tengo ni idea de si era verdad, pero decidí que me importaba un bledo. Arramblé con tantos refrescos, patatas fritas y chocolatinas de tamaño gigante que cualquiera que pasara por mi casa en Halloween se marchaba con el equivalente en comida basura al presupuesto de una beca universitaria.
En una ocasión, me encontraba oculta en un sofá durante mi descanso de las diez de la mañana, intentando que pasasen treinta minutos sin que ningún otro ser humano reparara en mí, cuando entró un hombre blanco de mediana edad, se tomó un chupito de Jameson en absoluto silencio y volvió a salir para seguir construyendo el futuro. Sinceramente, creo que ni siquiera se dio cuenta de que yo estaba allí.
También había un club de kombucha para un grupo selecto de ingenieros llamado Faceboosh. Estas son las personas que están construyendo el futuro.
El metaverso no fracasó
El metaverso, para quienes tengan la inmensa fortuna de haberlo olvidado, fue el intento de Meta por construir un universo digital donde la gente pudiera trabajar, socializar, comprar, asistir a eventos y, en general, pasar una mayor parte de su vida online. Como si un videojuego, un centro comercial, LinkedIn y un retiro corporativo hubieran tenido juntos un hijo.
La gente se comporta como si el metaverso hubiera fracasado porque nadie quería asistir a una reunión de personal virtual encarnando a un avatar de dibujos animados y sin piernas. Lógico. Pero la visión general nunca desapareció. Sencillamente, se disolvió en todo lo demás. Y, en realidad, ni siquiera ha fracasado. Los adultos se marcharon, pero los niños se quedaron.
El metaverso todavía atrae a más de 700 millones de visitantes mensuales. Y, entre esos usuarios, hay decenas de millones de niños. Los menores ya se mueven sin problemas entre mundos virtuales, entretenimiento algorítmico, identidades digitales y herramientas impulsadas por inteligencia artificial. Habitan los espacios virtuales con la misma naturalidad con la que las generaciones anteriores frecuentaban los centros comerciales, los Denny’s y las zonas de restauración.
Si nunca has visitado un mundo de realidad virtual, déjame ahorrarte tiempo: está lleno de niños. Una cantidad asombrosa de niños. Sin supervisión alguna. Niños corriendo. Niños gritando. Niños inventando formas completamente nuevas de insensatez. Niños haciendo lo que sea que equivalga, en el mundo digital, a chupar el pasamanos de un lugar público. El metaverso no es el futuro del trabajo. Es el presente del recreo.
Puede que el metaverso no haya llegado de la forma en que Meta lo concibió originalmente. Pero la premisa básica –que una parte cada vez mayor de la vida humana estaría mediada por sistemas digitales– ya es una realidad.
El futuro aún necesitaba desayunar
Mientras todo esto sucedía, yo preparaba al menos un centenar de piezas de repostería para el desayuno cada mañana. Muffins, cruasanes, scones, rollos de canela, bizcochos para acompañar el café, dónuts y barritas de desayuno. Después, dos opciones de postre para el servicio de comida, lo que solía sumar unas trescientas porciones en total: tartas de queso, brownies, cobblers, parfaits de crema, pasteles, barritas dulces, más tartas y profiteroles. Por la tarde, preparaba galletas calientes para las estaciones de aperitivos repartidas por todo el complejo. Además, horneaba pan dos veces por semana y me ocupaba del cáterin para el happy hour dos veces al mes. Todo se servía en porciones individuales. Y todo se elaboraba manualmente. Lo cual, sinceramente, resultaba bastante irónico para una empresa obsesionada con la automatización.
A los ingenieros les encantaba el día del filete. Hacían cola con el entusiasmo de quien espera para comprar entradas para un concierto en 1987. También adoraban el queso hasta un extremo que solo puedo describir como profundamente propio del Medio Oeste estadounidense. A uno de los chefs ejecutivos le llovían los elogios por sus «menús innovadores», a pesar de que su principal innovación culinaria consistía en echar más queso a todo.
La barra de ensaladas solo registraba una afluencia considerable durante exactamente dos semanas después de Año Nuevo. Después, vuelta al filete. O a cualquier plato de carne acompañado de tres guarniciones que pudieran apreciar los paladares más tradicionales del Medio Oeste.
Mi experiencia laboral en emojis
Mientras tanto, yo me quedaba en mi rincón, hojaldrando a mano la masa de cruasán, mientras en las salas de reuniones contiguas se debatía sobre inteligencia artificial con la seguridad de un hombre al que nunca le han dicho que no y la prudencia de un niño pequeño que se acerca a un charco.
Eso es lo que la gente no acaba de comprender sobre la IA: no nace de un vacío aséptico dentro de un superordenador; surge de las oficinas, de reuniones, de jerarquías corporativas. De las mismas estructuras de gestión mediocres y de las mismas culturas dominadas por el ego que ya dirigen el resto de la sociedad.
En una de las paredes había un mural compuesto íntegramente por los emojis de reacción de Facebook. Al principio me pareció algo bastante estúpido, una tontería de oficina inofensiva. Con el tiempo, me di cuenta de que aquellos símbolos resumían a la perfección mi evolución emocional mientras trabajé allí: 👍 ❤️ 😂 😯 😢 😡
Lo cierto es que, al principio, el trabajo me encantaba. Meta me había fichado cuando trabajaba en otra pastelería, donde estaba mal pagada y explotada. No paraba de rechazar sus ofertas, sobre todo porque todo aquello me daba mala espina. Al final, me duplicaron el sueldo y acepté porque, al fin y al cabo, sigo siendo una persona que necesita llenar la nevera. ¿Y sinceramente? Trabajar allí me hizo darme cuenta de que era buena en lo mío.
Nunca fui a una escuela de hostelería. Durante años arrastré mucha inseguridad por ello, sobre todo en el mundo de la repostería, donde la gente puede ponerse muy intensa y muy «francesa» con el tema. Pero en Meta comprendí que era más que competente. Podía producir a gran escala. Sabía gestionar grandes volúmenes de trabajo. Podía crear piezas preciosas de manera constante. Sabía defenderme sola.
Los empleados «reales»
Poco a poco, sin embargo, el lugar empezó a vaciarme por dentro. Parte de la culpa la tenía la propia cultura empresarial. Todo el entorno giraba en torno a la comodidad de los empleados, pero solo de los empleados «reales». Estos eran predominantemente hombres; la mayoría de las mujeres que trabajaban en Meta se concentraba entre el personal de cocina y el equipo de limpieza.
Yo me encargaba del cáterin de los happy hours, pero no me invitaban a asistir a ellos porque formaba parte de la servidumbre. Preparaba bocados dulces en miniatura para eventos de networking llenos de personas que probablemente se describirían a sí mismas como gente que estaba «cambiando el mundo», mientras dejaban sus platos sucios sobre mesas situadas justo al lado de la papelera.
Y las dinámicas de género eran imposibles de pasar por alto. Lo más viral que he publicado jamás en Threads fue precisamente sobre Meta. Al menos el 90% de los empleados de mi sede eran hombres; sin embargo, en el aseo de mujeres se gastaba más del doble de jabón de manos. Que cada uno saque sus propias conclusiones.
El club de chicos al final del mundo
El lugar de trabajo más machista en el que he estado en mi vida fue Meta, y mi jefa directa era una mujer. De hecho, era una de las responsables más competentes de toda la oficina. Inteligente, serena bajo presión, experimentada y respetada por toda la plantilla. Lo cual, como era de esperar, se traducía en que la alta dirección insistiera una y otra vez en que «no estaba lista» para ascender porque «le faltaban dotes de liderazgo».
Mientras tanto, a uno de los hombres del equipo directivo lo despidieron por hacer comentarios antisemitas sobre mí a mis espaldas. Otro chef ejecutivo ya había sido despedido anteriormente de un programa culinario local tras intentar, presuntamente, atropellar a una alumna con la que salía en secreto. En Meta se equivocaba constantemente con los pedidos, plagiaba menús, se quedaba dormido en las reuniones, llamaba a las mujeres «nena», enviaba mensajes de contenido sexual durante el horario de trabajo y acumulaba quejas de las empleadas por su comportamiento inapropiado. La dirección nos decía que «siguiéramos documentándolo todo». Al final lo despidieron, ya después de mi marcha, porque lo pillaron viendo porno durante una reunión.
A esto me refiero cuando digo que no confío en la gente que construye la IA. No porque sean genios malvados excepcionales que traman la dominación mundial desde búnkeres subterráneos secretos. El verdadero problema es que son instituciones corrientes plagadas de las debilidades morales de cualquier mortal. Ego. Sesgos. Cobardía. Proteccionismo. Hombres mediocres que ascienden a otros hombres hechos a su imagen y semejanza, mientras las mujeres, en la sombra, mantienen en funcionamiento todo el sistema.
La máquina es el reflejo de sus creadores
Y luego nos hacemos los sorprendidos cuando la inteligencia artificial reproduce el racismo, el machismo, la vigilancia, la explotación y los prejuicios a gran escala. ¿Quién pensábamos que la estaba construyendo?
Amazon abandonó una herramienta de contratación basada en inteligencia artificial después de comprobar que discriminaba a las mujeres. Los sistemas de reconocimiento facial han identificado erróneamente a personas negras en proporciones desmesuradas. Y algunos algoritmos utilizados en la atención sanitaria reducían la prioridad asignada a pacientes negros porque empleaban el gasto sanitario histórico como indicador de sus necesidades médicas. La máquina hereda los sesgos de sus creadores. Es fácil olvidarlo cuando el debate se empeña en centrarse en la tecnología y en fiscalizar a quienes la utilizan, en lugar de poner el foco en las instituciones que la desarrollan.
Esa es la parte de la conversación que ahora me parece completamente desconectada de la realidad. La gente sigue hablando de la IA como si fuera un producto de consumo opcional. Como si bastara con que un puñado de personas de firmes convicciones morales se negara a utilizar ChatGPT para que la industria tecnológica cerrara el chiringuito y se fuera a casa. No lo hará. Ese tren ya ha salido de la estación.
Ya se han ganado a nuestros hijos
Las grandes corporaciones están integrando la IA en todo a escala industrial, y los niños ya están creciendo dentro de ese engranaje. Quienes diseñan estos sistemas no están en sus despachos lamentándose porque un chico de veintitrés años en TikTok se niegue a generar selfis al estilo de Studio Ghibli. Se han ganado a la generación Alfa: la que hoy tiene menos de 16 años.
Los menores ya tratan los algoritmos como si fueran sus compañeros. Habitan los mundos digitales con mayor naturalidad que el entorno físico. La compañía proporcionada por la IA, la socialización virtual, los sistemas de recomendación, el entretenimiento algorítmico... Para muchísimos jóvenes, esto no es «el futuro». Y con el tiempo, la tecnología siempre tiende a volverse más barata, más inmersiva y más difícil de esquivar.
Nadie pide permiso; simplemente se convierte en infraestructura. Primero es opcional, luego normal y, al final, está por todas partes. Y quienes están moldeando la relación de la próxima generación con la realidad distan mucho de ser observadores neutrales.
El dolor no figuraba en la política interna
Hacia el final de mi etapa allí, mi gato de veintitrés años murió. Se llamaba Jammie (bendito sea su recuerdo). Pregunté si podía utilizar mis días de baja por enfermedad o mis vacaciones para tomarme unos días de duelo. La respuesta fue un no rotundo. Las mascotas no entraban en esa categoría. Creo que ese fue el momento exacto en el que me desconecté emocionalmente y para siempre de aquel lugar.
No porque se suponga que las empresas deban amarnos. No lo hacen. Pero había algo desoladoramente perfecto en trabajar en una de las compañías más ambiciosas del planeta desde el punto de vista tecnológico y descubrir que seguía careciendo por completo de una estructura capaz de dar cabida al dolor humano más común, a menos que encajara con precisión milimétrica en la redacción de sus políticas internas.
Unas semanas después, me tomé unos días de duelo para viajar a Saint Thomas. Mi último día en Meta fue dos días después de que Trump fuera reelegido. Aquel periodo de mi vida se me presenta menos como un recuerdo que como una advertencia que entonces todavía no era capaz de comprender.
La inquisición de la raya
Quizá por eso el debate que se libra en internet sobre el uso de la IA me parece ahora tan insignificante. Unos y otros se acusan mutuamente de haber recurrido a ChatGPT como si estuvieran destapando un escándalo de dopaje en las Grandes Ligas de béisbol. Alguien utiliza una raya –o guión largo– y, de repente, convocamos un tribunal de ética digital. Dios te libre de emplear una antítesis.
Mientras tanto, los verdaderos artífices de todo esto avanzan a escala industrial y al ritmo de las corporaciones. En silencio. Con total naturalidad. Llenos de confianza. Lo sé porque yo les di de comer.
Preparé tartas de queso para el metaverso mientras un puñado de hombres debatía sobre inteligencia artificial al otro lado de mi mostrador como si discutieran las estadísticas de su liga fantasy de fútbol americano. Vi a ejecutivos mediocres ascender a base de fracasar. Vi cómo a las mujeres se las ignoraba, se las trataba con condescendencia, se les gritaba y se las relegaba en los planes de carrera. Vi a grandes corporaciones premiar el ego y castigar la humanidad. Vi a toda una industria autoconvencerse de estar inventando el futuro mientras reproducía, uno por uno, todos los defectos del presente.
Porque, detrás de toda esa imagen futurista, al final el metaverso no era más que un simple lugar de trabajo. Un entorno laboral estadounidense de lo más corriente, plagado de egos, jerarquías, cobardía, prejuicios, soledad, politiqueo de oficina, mediocridad blindada y hombres que se creían brillantes solo por su cercanía al poder. Y esas son las personas que están desarrollando la inteligencia artificial.
No supergenios abstractos. No máquinas neutrales. Personas. Individuos que gritan a sus compañeros de trabajo. Que confunden la confianza en sí mismos con la competencia. Que ven porno en las reuniones. Que programan reuniones para hablar sobre cómo programar más reuniones.
Ni genios ni máquinas neutrales
Eso es lo que se me queda grabado ahora que la gente habla de la IA como si procediera de algún lugar ajeno a la humanidad; como si hubiera descendido del cielo ya completamente formada, en lugar de surgir de salas de juntas, organigramas corporativos y las mismas estructuras de poder que ya gobiernan todo lo demás.
El futuro lo están construyendo personas.
Yo estuve allí.
Y, sinceramente, ni siquiera se lavaban las manos.