El extraño poder del pasamontañas
Del IRA a Pussy Riot, esta temible prenda ha pasado de ocultar identidades a convertirse en una poderosa herramienta de provocación

La Navidad pasada, mi mujer me regaló un pasamontañas. Es de lana merina azul. Fue un buen regalo, porque voy al trabajo en bicicleta haga el tiempo que haga: lo usé casi a diario hasta marzo y volví a sacarlo durante la helada de finales de abril, que acabó con algunas hojas de nuestro arce japonés.
Me encanta llevar ese pasamontañas. Es práctico y abriga. Pero siempre me lo quito en cuanto dejo la bicicleta atada frente al Departamento de Inglés. Soy muy consciente de que alguien con un pasamontañas en el campus, sin motivo aparente, puede acojonar a cualquiera, incluso si quien lo lleva es un milenial con pinta de hípster como yo. Porque el pasamontañas –también conocido como máscara de esquí o shiesty– es una prenda que inspira un miedo muy particular.
A primera vista –nunca mejor dicho–, la razón parece sencilla. De todas las prendas que cubren el rostro, el pasamontañas tiene algo especialmente monstruoso. La cabeza queda reducida a una silueta, casi una sombra viviente; la abertura de la boca, cuando la hay, se convierte en una O irregular y rugiente.
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