La gran despoblación
La revolución de la baja natalidad está transformando el futuro del planeta más que casi cualquier otra fuerza

Hay quienes culpan a la tecnología, especialmente a los teléfonos inteligentes y a las redes sociales. Otros lo achacan a una especie de Weltschmerz del siglo XXI: una tristeza provocada por el estado del mundo y por la incertidumbre sobre nuestro futuro en él. En un amplio ensayo publicado en The New York Times, Anna Louie Sussman sostiene que la generación actual siente tanta ansiedad ante lo que viene que le cuesta asumir el compromiso irreversible de tener un hijo.
Entonces, ¿quién tiene razón? ¿Son los teléfonos y la tecnología o se trata más bien de un reflejo de la ansiedad contemporánea? ¿O, tal vez, de ambas cosas?
Las tasas de natalidad llevan décadas descendiendo en los países desarrollados. La caída comenzó cuando disminuyó la mortalidad infantil, aumentó el nivel educativo de las mujeres, creció su participación en el mercado laboral y se generalizó el acceso a los anticonceptivos. Las transformaciones impulsadas por el feminismo también les otorgaron un mayor control sobre sus cuerpos y su futuro económico. Desde entonces, la tendencia no ha hecho más que acentuarse: el uso de los teléfonos inteligentes se ha disparado, la vivienda se ha encarecido, pasamos cada vez más tiempo conectados desde casa y la vida social –incluida la formación de parejas– se ha debilitado.
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